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[VP] Vomitando Palabras II #11
Yawakasa
13 mayo, 2020
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¡Hola gamberros!

De nuevo miércoles de palabreo. Aquí estamos, para entretener un poco en esta recta final del confinamiento, o eso parece… esperemos que no haya rebrote y tengamos que pasarnos el verano encerrados. Espero que estéis todos bien y con ganas de leer esta edición de Vomitando Palabras, con las siguientes palabras: “Betis, gelatina, caracol, biónico, barco pesquero, forúnculo, caprichoso, término, tétrico, lluvia, Chan Aun Woo, divino, gubernamental y Yull”.

Para la próxima entrega, haremos algo divertido: tenéis que poner palabras de forma que empiece por la letra que termina la anterior, es decir, si el primero en comentar pone, por ejemplo: Yawakasa, el siguiente debe poner una palabra que empiece por A. Y sin más dilación, ¡que comience esta entrega!

 

Los pasos resonaron por toda la enorme estancia vacía, cada vez con más fuerza, con más eco… hasta que apareció, en el otro extremo de la fábrica un extraño ser altísimo. Mediría, por lo menos, cuatro o cinco metros. Iba ataviado con unas vestimentas coloridas y un pantalón (también enorme y largo hasta el suelo) con las rallas emblemáticas del Betis. De su boca emergía una baba en forma de gelatina verdosa que daba bastante asquito, una baba similar a la de un caracol, a la de Mino… o a la de algún repugnante troll…

—¿Cómo has entrado en nuestra base secreta? —preguntó, con una voz metálica, como si de un ser biónico se tratase.

—¿Base secreta? ¿Qué tiene esto de se…?

—¿Cómo has entrado en nuestra base secreta? —preguntó de nuevo, elevando la voz mientras se acercaba aún más.

—Vale, vale, tranquilo… ya me voy.

—¡Nadie abandona el barco pesquero!

—¿Barco? ¿Puedes explicarme de qué va todo esto? Sólo he entrado en busca de ayuda… mi loro está… bueno loro no, mi caracol está moribundo y necesito…

Antes de que pudiera decir nada más, su boca se abrió a gran velocidad y un horrible forúnculo rojizo me absorbió convirtiéndome en deleite de su caprichoso apetito.

Término -perdón, quería decir tétrico– era mi paradero en el interior de aquel horrible ser extraño. ¿En serio, por qué todos los seres raros se me acercaban? ¿Cómo iba a salir de aquel paradero recóndito? Antes de poder contestar a alguna de mis preguntas cayó una fina lluvia dentro de aquel incierto lugar en el que me encontraba a oscuras. Oscuridad y gotas pegajosas que caían sobre mí. ¿Podía ir a peor?

Se encendió una cerilla y pude ver el rostro de un anciano, que resultaba estar sentado no muy lejos de mí. La cerilla se apagó y, acto seguido, el viejo volvió a encender otra.

—Me llamo Cha Aun Wood y llevo aquí más de dos meses —dijo con la voz apagada.

La luz de la cerilla se apagó de nuevo y ya no encendió más. Al parecer sólo quería anunciar su presencia, a modo de presentación pacífica y amistosa.

—¿Dónde estamos? —pregunté incómodo, intentando encontrar un ápice de luz (no sólo física) a tanta oscuridad (menuda metáfora…).

—No sé —dijo, con el mismo tono sereno y triste.

Si yo llevara dos meses encerrado en un sitio así, no estaría tan cuerdo, pensé al escuchar al anciano tan calmado.

—Pero… dos meses aquí, ¿sólo? ¿Sin comer? ¿Qué se supone que hace aquí? ¡Esto no puede ser! —reconozco que empezaba a perder los nervios.

—Estamos en algún paradero divino, no te alarmes. No necesitamos comida aquí —dijo, esta vez con cierto tono animado.

—Pero, algo habrá que comer, digo yo… o…

—Cálmate, chico. Siéntate y respira.

—Parece usted uno de esos políticos que llaman a la calma cuando la humanidad está al filo del Apocalipsis.

—En cierto sentido, tienes razón. He formado parte gran parte de mi vida del sistema gubernamental, ahora hazme caso y relájate. Todo saldrá bien.

—¡Y un cuerno! —grité, y acto seguido comencé a brincar y a gritar como un condenado.

NO eran tiempos de quedarse sentado y respirar profundo con las esperanzas puestas en ancianos siniestros. Había que actuar, había que coger al toro por los cuernos y envestirlo contra la pared. Era momento de enfurecer a la bestia. Salté y aporreé todo cuanto encontré a mi paso. Las gotas ya no me molestaban, aunque empezaba a formarse un pequeño lago a mis pies, que no dejaba quietos, entre patadas y saltos.

—¡Yull enfurecido! —se oyó al otro lado de las paredes… y es que, cuando uno actúa, pasan cosas…

 

Y hasta aquí el final de esta entrega de Vomitando Palabras. Espero que tanta locura no os haya reventado las neuronas y que tengáis ganas de mucho más. Nos vemos el miércoles que viene con más palabras. Espero que me dejéis muchos comentarios y que tengáis ganas de ver qué sucede en las próximas entregas. Gracias por comentar y nos vemos el miércoles que viene.

 

Un abrazote, Yawakasa

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