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Dark’s bar 1960
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20 julio, 2021
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Me pasé toda la infancia cuidando de mis hermanos mientras mis padres salían de casa temprano para ir a trabajar en el campo. Cuando llegaban, escuchaba a mi madre cómo me contaba lo que en ese momento estaban cultivando y cómo fantaseaba con los platos que se podrían preparar con aquellos ingredientes si tuviéramos el dinero suficiente.

Crec√≠ cada d√≠a imaginando el sabor de aquellos platos que por desgracia nunca llegamos a probar por la falta de dinero en la unidad familiar. Cuando mis hermanos y yo √≠bamos creciendo nos un√≠amos al trabajo en el campo para traer un sueldo m√°s a casa, todos menos mi hermana Carmen, ya que el maestro hablo con mis padres y les dijo que era una ni√Īa muy v√°lida para estudiar y todos en la familia est√°bamos dispuestos a darle la oportunidad de que lo hiciera.

El invierno de 1960 cumpl√≠a 18 a√Īos, una fecha que esperaba con gran ilusi√≥n y as√≠ habr√≠a sido si no fuera porque ese mismo d√≠a mi padre falleci√≥ al sufrir un accidente con un tractor mientras trabajaba. El due√Īo del cortijo, Don Juli√°n, el cual nos ten√≠a mucho cari√Īo tanto a m√≠ como a mis padres, le dio a mi madre una generosa cantidad de dinero para ella y otra por cada uno de los hijos.

Aquella noche, mientras consolaba a mi madre por la p√©rdida de mi padre, lo tuve claro. Le dije a mi madre que con aquel dinero abrir√≠amos un bar. Por aquel entonces, en Espa√Īa el turismo estaba acrecentado m√°s que nunca y era la oportunidad perfecta.

La idea dejó a mi madre en una encrucijada de sentimientos. Aun no sé en qué momento la ilusión le ganó la batalla al miedo. Ella era una gran cocinera y sabía que con ella al frente nada podía salir mal.
Semanas m√°s tarde con el dinero que me pertenec√≠a del que nos dio Don Juli√°n abrimos el ‚Äúbar Los Garc√≠a‚ÄĚ. El nombre ten√≠a que llevar el apellido de mi padre, porque de alguna manera aquello era posible gracias a √©l y la idea le pareci√≥ estupenda a mi madre desde el primer momento que se lo propuse.

La clientela lleg√≥ de momento y con ella mi nueva ilusi√≥n, Paquita la hija de Don Francisco, el maestro de mi hermana Carmen. Iba todas las ma√Īanas a desayunar con su padre antes de marcharse a estudiar. No sabr√≠a explicar muy bien la tristeza que me daba cada vez que ve√≠a entrar solo a Don Francisco sin la compa√Ī√≠a de Paquita.

Lo que s√≠ recuerdo a la perfecci√≥n son los nervios y el miedo que pas√© la tarde de septiembre que fui a pedirle a Don Francisco la mano de Paquita, nunca hab√≠a experimentado aquella sensaci√≥n de v√©rtigo, delante de la puerta de aquella casa con un ramo de flores para Do√Īa Isabel, la madre de paquita, y el mejor vino que ten√≠amos en el bar para Don Francisco.

Aunque Don Francisco me ten√≠a bastante cari√Īo y no puso inconvenientes en aprobar nuestra relaci√≥n, recuerdo con bastante dolor c√≥mo me advirti√≥ que un bar no era suficiente para su hija y que nunca querr√≠a verla trabajando en √©l.

Y pensar que sería el bar donde no quería ver trabajando a su hija, donde se crió su primer nieto Antonio, como mi padre, que mientras Paquita daba clases en el colegio, se pasaba allí las horas conmigo y con su abuela aprendiendo cómo elaborar las especialidades que ya eran bastante famosas entre los clientes del bar.

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