[VP] Vomitando Palabras #14
Yawakasa
4 diciembre, 2018
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¡Hola locuelos!

Pues de nuevo martes, pero antes de empezar quiero pedir disculpas por no haber podido entregar esto la semana anterior… espero que no pase muy a menudo… pero por donde íbamos, hoy es martes, con lo cual, nueva entrega de Vomitando Palabras, con 9 palabras que me dejasteis en comentarios de la anterior edición y dos frases que tenía pendientes de incluir. Sin más dilación, os dejo la lista de palabras que conforman esta nueva entrega: “Antigubernamentalisticamente, Meditación, Chilaquiles, Mino, Complicaciones, Yate, Parrapampampam, Minomuerto y Pupo” además, veréis dos frases (que teníamos pendientes) en negrita a lo largo del relato… y, ahora sí, ¡que empiece esto!

 

Pues, en definitiva. Salem era hembra. Era una preciosa gata que quería ser astronauta, pero nada en esta vida es tan sencillo como nos gustaría. Y la mayoría de las veces, la culpa es burocrática. Vivimos bajo la espesa e inmensa sombra del gobierno, propio y ajeno. Ojala existiera una sociedad, una sociedad antigubernamentalisticamente creada, donde no existieran tantos burócratas con documentaciones hasta para ejercitar la meditación. Viviríamos en una tranquilidad absoluta e inalcanzable a día de hoy.

Volviendo a la habitación, donde Salem seguía apareciéndose.

–Tengo hambre –dijo la gata, y sus tripas resonaron fuertemente.

Yo también tenía apetito. Ya eran casi las siete de la mañana y apenas había logrado conciliar el sueño y siempre que me pasaba, me entraba un hambre atroz. Recordé que en la cocina tenía un plato de chilaquiles que dejé del día anterior. Asomé los pies por el filo de la cama y me puse las zapatillas de conejitos marrones, con orejas y narices bigotudas, con los mismos pies. Me puse en pie y un dolor punzante en las sienes me atravesó, haciendo que cayera de espaldas contra la cama de sábanas sudadas.

Mino apareció entonces frente a mí. Junto a la otra gata, al pie de la cama, mirándome fijamente con una expresión de desinterés. Dijo algo, pero el recuerdo del dolor aún permanecía en mi interior. Un hilo frío de intenso dolor que cruzaba mi frente, de sien a sien, alcanzando mis ojos y distorsionando ligeramente mi visión. ¿Estaba soñando o era todo un macabro sinsentido de esta realidad de la que imploraba escapar? Maldito Poe y su agonía por hacerme creer que siempre soñaba…

–¡Tenemos complicaciones! –maulló Mino– ¡levanta y sal de la casa ya! –bramó.

De pronto, una explosión sonora y aturdidora invadió las calles. Salem dio un brinco y, en el aire, desapareció dejando una cortinilla de humo negruzco. Mino me miraba con desesperación desde el pie de la cama. Me arañó los tobillos con sus largas y afiladas garras y gritaba desconsolado.

De nuevo, una explosión más sonora y abrupta que la anterior. Un tabique de la habitación saltó por los aires. Ladrillos y cemento volaban por todas partes. Pude ver, por el hueco, un enorme yate volador en la calle. Apuntaba directamente a mi habitación con enormes cañones negros a sus lados. En la cubierta había un extraño hombre barbudo con un sombrero de corsario de tres picos calado en su cabezota melenuda. Alzaba un sable curvado y brillante como “la navaja de Murakami” con su mano izquierda. La otra mano acababa en un garfio resplandeciente del más impoluto acero y con una punta despiadada y afilada.

Estaba acongojado. Más que asustado, y Mino lucía igual. Asustado se quedaba corto para como ambos nos encontrábamos.

–¡Morid, bastardos! –bramó el barbudo pirata girando el timón del yate a gran velocidad.

¡¿Qué demonios estaba ocurriendo?! ¿Qué clase de setas había ingerido la noche anterior? ¿Tan buena imaginación tenía que estaba creando tan pintorescos personajes? Volví de mi asombro tras escuchar un ensordecedor “parrapampampam” que provenía de los cañones del yate (y, a su vez, un eco en mis calzones…).

Enormes bolas de acero se dirigían hacia mi habitación.
Mino dijo algo, pero no recuerdo muy bien el qué, yo estaba intentando entender el porqué de la situación.

–Minomuerto, –dijo el gato –Minomuerto… ¡Minomuerto! –repitió hasta la saciedad, temblando de miedo.

Me abalancé sobre él y caímos dando vueltas por el suelo. Las bombas alcanzaron la habitación y armaron un revuelo del copón. El escritorio se deshizo en un centenar de astillas volando por toda la estancia. Libros convertidos en meras hojas negruzca manchadas por la pólvora. Cristales de las ventanas giraban en el cielo, iluminando todo con rayos de luces infinitos. Plumas invadiendo todo a su paso al escapar de los cojines y plumón.

Mi habitación se convirtió en un inmenso pupo retorcido, grotesco y asombrosamente feo en el hipotético vientre de mi casa. Mino rodó por las escaleras hacia la planta baja entre maullidos y gritos. Yo le seguí cayendo sobre mis vértebras, tobillos rasgados, nuca y nariz torcida y ensangrentada. ¿Iba a ser éste mi fatídico final?

Me acordé entonces de las palabras que mi padre me dijo cuando era un crío… Mi padre era un erudito, profundo y de grandes frases, entre ellas, la que recordé mientras rodaba por las escaleras: “Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas: tire y empuje”, no perdón. Ésa no era la que quería decir, era: “A Dios rogando y con el mazo dando” Y es que yo era mucho de rogar, como en esa situación. Rogaba a Dios por salir de ese lío sin un rasguño, pero cuando había que macear, yo nunca tenía el mazo a mano.

 

Y hasta aquí esta trepidante historia. Espero que os haya gustado y que esperéis ansiosos cómo continúa Vomitando Palabras, pero para ello, ya sabéis lo que tenéis que hacer, locuelos. Dejadme las palabras que se os ocurran para que yo las integre en la historia de la próxima entrega. Un saludo y gracias por leer. ¡Hasta la próxima!

Yawakasa

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