Caminó y caminó sin saber cuál era su destino, hasta que, de repente, entre tanta oscuridad, se logró divisar un rayo muy fino de luz que atravesaba directamente la pared. Lo observó con detenimiento y cuidado hasta que logró visualizar al otro lado de la estructura un bello lugar, por lo que intentó buscar una puerta que le diera acceso a dicho paraíso.
Aunque el camino de luces continuaba, él suponía que, oculta en algún lugar, se encontraba la puerta de acceso; hasta que encontró una pequeña entrada -casi para un pequeño conejo- por la que pudo ingresar.
Al otro lado, unas máquinas le hicieron una limpieza y le dieron su ropa limpia y lista para usar. Cuando salió de las máquinas, notó que todo era un mundo distinto, había personas por todas partes y muchos conejos coloridos; Nico caminó por entre las personas y se dirigió al centro de ese paraíso en el que le aguardaba un gran estante en el que ponía “nuevos ciudadanos” en un cartel gigante, así que se dirigió hacia él y se encontró con un amable hombre que estaba sentado en una torre de papeles.
―Hola buen hombre, ¿es nuevo en la ciudad? ―dijo el simpático hombre.
―Sí, he encontrado una nota que me ha guiado hasta acá ―dijo Nico atónito.
―Usted debe ser el afortunado que encontró nuestra nota, semanalmente las enviamos para guiar a las personas no contagiadas hacia este recinto y así vivir una vida armónica. Soy Litos y este gato que tengo en mi cabeza se llama Mino, estamos dispuestos a ayudarle en cualquier cosa que necesites. ¿gustaría un recorrido o mejor un panfleto con la historia de la ciudad?
Agarró el panfleto y lo revisó detenidamente mientras el hombre llenaba una planilla de inscripción. Pudo leer que un ser extraño dirigió a un grupo de personas que se refugiaban de la enfermedad hasta esta estancia y les enseñó cómo ayudar a otras personas a salir de este acontecimiento.
―¿Ha venido con alguien más?
―He venido solo.
Litos estiró su mano y le pasó la plantilla para rellenar el formulario y así poder, por fin, respirar libremente sin temor a algún contagio, o eso creía, antes de que sonara una alarma y todos se pusieran una mascarilla para respirar. Litos le pasó una y se la colocó rápidamente; el temor le invadió al instante.
Nico se quedó como un pasmarote ahí, no sabía qué hacer. Acababa de llegar y ¿ya se tenía que ir? No entendía nada. Entonces vio que Litos empezó a correr hacia el norte (sí Nico era un experto en orientación y vio claramente que ese era el norte), y lo siguió. Tras correr un par de minutos llegaron a una especie de refugio-hospital. El chico tampoco sabía muy bien lo que era, pero sonaba raro, un refugio dentro de un refugio… Se supone que en esa zona ya estaban protegidos, se ve que no lo suficiente. Al menos por lo que se llegó a ver en esos pocos minutos, tenían unas medidas de seguridad muy sofisticadas. En ese momento lo entendió todo, de repente un huracán de un color verde menta invadió el “poblado” y arrasó con todo lo que pillaba por el camino, pero los edificios ni se inmutaban, solo se llevaba la basura, los desechos, y algún que otro contenedor.
Aquel virus no era el mismo que había en la superficie, era como todo lo contrario se llevaba lo malo y dejaba lo bueno. Nico estaba anonadado mirando la película del exterior. Entonces se dio cuenta de que el único que estaba preocupado era él, los demás estaban tranquilamente en el edificio haciendo vida normal. Empezó a entender lo que más tarde le confirmaría Litos.
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