―¿A dónde se supone que vamos? ―preguntó Nico incrédulo, pero no obtuvo respuesta.

Cogió la mochila a toda prisa y siguió a aquella pelirroja despampanante que daba grandes zancadas. Él ya estaba agotado de tanto caminar y empezaba a notar unos pinchazos en los talones. Por suerte, para él, no iban a darle a mucho más a las extremidades inferiores y, tras pasar por un gran arco de piedra tallada y, tras introducir un código en un panel táctil, entraron a una amplia habitación de inmaculado suelo blanco y paredes transparentes por las que se podía ver a varias personas enfundadas en trajes blancos. Lo único que podía verse de ellos eran sus ojos a través del panel de plástico transparente de las escafandras que también llevaban.

―¿Por qué las paredes son transparentes? ―preguntó Nico―, ¿no hay intimidad aquí?

Eustaquia no contestó, simplemente movió la cabeza de un lado a otro, mientras seguía avanzando. Se le acercó uno de aquellos enfundados y le roció las manos con un líquido transparente. Acto seguido le pasó una carpeta con varios folios.

―¿267 ya? ―dijo.

El hombre afirmó y se dio la vuelta, marchándose por donde había venido. Eustaquia hojeó los papeles mientras soltaba miradas a Nico de vez en cuando.

―¿Los baños también tienen paredes transparentes? ―preguntó éste, para intentar quitar algo de tensión al ambiente, pero de nuevo, no obtuvo respuesta.

―Vamos Nico, creo que serás el indicado para este experimento.

―¿¡Experimento!? ―soltó Nico e, instintivamente, buscó alguna salida.

―Sí ―dijo Eustaquia seria―, experimento. Recordarás que al entrar a Korzhonov te han lavado la ropa y pasado un ligero control― dijo, dirigiéndose a él fijamente―, verás, en esa sala además de lavarte la ropa, te han examinado y te han hecho algunos análisis y eres el indicado, o al menos dicen estos resultados.

―¿Indicado para qué? ―preguntó Nico, confuso y alterado.

―No te preocupes, aquí sólo experimentamos cuando el porcentaje de efectividad es superior al 80 por ciento. No hay riesgo alguno, no hay sufrimiento, no hay más que ventajas en todo lo que estás a punto de experimentar.

―Pero, ¡¿qué experimento?! ―replicó Nico, más alterado que confuso esta vez.

―Estamos probando diferentes vacunas con los habitantes que seleccionamos aleatoriamente a través de los huevos que mandamos. Hace tiempo sólo experimentábamos cuando los resultados eran superiores a un 90 por ciento de éxito, pero viendo que no encontramos la cura y que la población en ligero riesgo de extinción, nos vemos obligados a bajar el índice de riesgo. A día de hoy hemos realizado 266 pruebas y en todas ha fallado algo.

―¿Algo? ―preguntó Nico, de nuevo confuso.

―Sí, digamos que no todos reciben la vacuna como es esperado. Vamos, sígueme, te mostraré un poco las instalaciones para que te relajes un poco.

Eustaquia avanzó por el pasillo, desde el cual podía verse gran parte de las instalaciones, donde los demás, enfundados con sus trajes, manejaban probetas y demás instrumentos de laboratorio. Vertían líquidos de colores llamativos en más probetas y frascos, los removían y esperaban ver sus transformaciones. Algunas resultaban (al parecer) exitosas, con colores preciosos y desprendiendo humo embriagador, otras, por el contrario, resultaban en líquidos densos de colores oscuros y con aparentes olores indeseables, que incluso hacían vomitar a algunos, en sus escafandras impolutas.

―¿Y si me niego? ―soltó Nico de pronto, plantado en la sala, seguro de sí mismo por primera vez desde que bajó a las profundidades.

Eustaquia se dio la vuelta y le miró fijamente, con una mirada fría, heladora, desafiante.

―¿Quieres morir ahí fuera? ―dijo, señalando hacia arriba.

Las inseguridades de nuevo se adueñaron de nuestro querido protagonista, que sintió un ligero escalofrío que recorrió su espalda. Las piernas le flaquearon; mezcla de cansancio por tanto caminar y temor por lo que estaba a punto de acontecer.

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