Nico descubrió que se había convertido en un monstruo y ya no quería verse ni siquiera a un espejo. De repente, vio que un nuevo hombre de bata blanca había llegado a la sala con una bandeja y en ella un collar de cuero puro con una placa respectiva: tenía marcado el número ocho.

Nico instantáneamente supuso que ese era su número de referencia y se preguntó ¿qué había pasado con los números anteriores? Lo preguntó mil y un veces, pero jamás le dieron respuesta, lo único que hacían era resoplar fuerte y continuar en su labor.

En un descuido, Nico emprendió su huida, pero al ver tantos guardias en la salida, decidió ir a esconderse para despistarlos. Casualmente llegó a la base de operaciones en donde había toda clase de papeles y experimentos.

Hurgó un poco en busca de algo que le diera respuesta a su situación hasta que por fin halló un expediente con todos sus datos y las muestras del laboratorio que daban como resultado: Mutación positiva para la cura del virus.

Cuando leyó esto supo que lo habían usado y nada de lo que le habían dicho era cierto; las falsas palabras de Eustaquia, los engaños de Litos para llevarlo a ese lugar y las propuestas de que todo saldría bien. Lo hicieron todo sin su consentimiento, no le hablaron sobre los cambios colaterales ni su transformación. Nico se sentía arruinado y, aunque lo que llevaba en su cuerpo podría salvar a la humanidad, él quería una venganza y arruinar toda su fachada de ciudad grandiosa.

Empezó por quemar los papeles en un pequeño horno y arrojar las muestras de laboratorio a la basura. Continuó destruyendo un par de cuadros de decoración hasta que se dio cuenta que no servía de nada hacer eso. Tenía que hacer algo más grande.

Fue ahí, mientras quemaba el último papel que descubrió que el huracán de la limpieza arrojaba el virus al exterior y así había sido como Korzhonov se había vuelto una ciudad de impecable honor y el resto del mundo había sido acabado por un virus. Con eso tuvo la fabulosa idea de hacer totalmente lo contrario para poder liberar su mundo de lo mal que estaba.

Ante él se asomaba la decisión más complicada que iba a tomar en su vida, una bifurcación en el camino de su vida que dividía su futuro en dos escenarios bien distintos. En sus manos tenía no sólo el camino de su devenir, sino el de la humanidad. Podía hacer el bien y ayudar a erradicar la enfermedad que los había conducido hasta la situación o sumarse a esta maldita enfermedad y asumir que él no era la cura, sino la destrucción. El panorama que se le ilustró en la mente era desolador, dantesco, arrebatador, pero la rabia podía combatir ante la tristeza que podría asomarse tras la toma de malas decisiones. No había hueco en su cabeza para la compasión. ¿Acaso fueron comprensibles con él? ¿Fueron Litos, Eustaquia y aquel séquito de enfermeros comprensibles con él? ¿Sopesaron su futuro con él? No. Le arrebataron la vida. Su vida como tal. Y él estaba dispuesto a arrebatar la vida de cualquiera.

Sólo tenía que encontrar el botón -o botones- que soltase al Huracán, desactivar la alarma para pillar a todos desprevenidos y después abrir las compuertas de la ciudad clandestina y desatar la locura absoluta. ¿Era justo? Sí, era justo. Al menos lo era en el interior de su cabeza.

Y, como una cerilla que de pronto se enciende, algo se iluminó en su cabeza y encontró, entre las dudas e incertidumbre lo que debía hacer. Destruir aquella perversa ciudad subterránea. Y sin dudarlo buscó entre el panel algo con lo que poder llevar a cabo aquel maléfico plan de venganza.

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