Pero antes de que pudiese llegar a dar con la respuesta apareció Eustaquia en la puerta, exhausta y acompañada por un ejército de soldados enmascarados y enfundados en trajes impermeables.

―¡Detente! ―gritó con toda la fuerza que sus pulmones le dejaron―, no sé qué pretendes, pero estate quieto y no hagas nada.

Nico no respondió, ni le prestó la menor atención, siguió buscando algo, sin saber el qué, pero antes de intentar siquiera apretar cualquier botón recibió un dardo directo a su peludo cuello de conejo que le habían otorgado.

Le despertó una extraña sensación cálida que se extendía por todo su rostro, como un hornillo directo a su hocico y en cuanto abrió los ojos recibió un chorro de agua fría.

―Siento haber tenido que llegar a esto, Nico ―dijo una voz suave y enternecedora, cercana, pero con cierta distancia―, tenía esperanzas en ti. De hecho todas mis esperanzas se habían puesto en ti. Todas nuestras esperanzas.

Hubo un silencio abrumador que invadió la sala en la que Nico se había despertado. Una sala de paredes opacas, la única sala de paredes reales en aquel tétrico laboratorio. Nico resopló y miró a su lado, intentando buscar una explicación a todo lo que tan abruptamente había sucedido en su vida. Como había llegado a aquella ciudad, como le habían engañado, el experimento fatídico y ahora aquel secuestro con extorsión. La rabia volvió a invadirle, pero esta vez era distinta, una sensación agridulce.

―Nico ―dijo Eustaquia―, me gustaría que recapacitaras un poco, que pensaras en el bien de la humanidad y en tu papel en ella. Estoy convencida de que siempre has soñado con ser un héroe, un ejemplo a seguir ―hizo un pequeño descanso, como si quisiera que Nico asimilase lo que estaba diciendo―. Estoy convencida de que no eres mala persona.

Nico negó con la cabeza. Al parecer, el chico respondía mejor con buenas palabras, con halagos que no con exigencias y obligaciones. Lo normal. Aquel refrán de que la palabra con sangre… ya se ha quedado obsoleto.

―Es tu gran oportunidad. Puedes hacer grandes cosas, no sólo por ti, ni por la ciudad que hemos construido para llevar a cabo esto, sino por toda la humanidad, Nico. ¿Me has escuchado? Puedes hacer el bien para todos ellos. Y te niegas.

Una lagrimilla brotó del rabillo de los ojos de Nico. La voz de Eustaquia era dulce, era sensible y ella era un amor de persona, o al menos eso transmitía con aquel discurso al parecer improvisado que consiguió derrumbar a Nico, que empezó a llorar desconsolado, quizá fruto de aquel cóctel de emociones y sucesos rocambolescos. Eustaquia se dio cuenta de que ya no era una amenaza, de que, al parecer, había abierto los ojos y se había dado cuenta de que era más importante el bien de la humanidad que no el egoísmo de un único individuo. ¿Quién se hubiera sometido a un experimento en el que destruyen el físico de una persona? ¿Quién hubiera sido tan altruista? Nadie. Era lógico, en cierto sentido, engañar a las personas para someterlos a esa manipulación. Todo por el bien del ser humano.

Eustaquia se acercó al chico-conejo y le quitó las mordazas que le retenían en la camilla, le dio un fuerte abrazo y un beso en la frente, un beso húmedo y cálido.

―Eres un héroe ―susurró entonces a sus enormes orejas peludas.

 

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