¡Hola Viajeros!
Hoy vengo con una reflexión más sobre algo que creo que estamos viviendo todos y cada uno de nosotros como jóvenes y como parte de la interacción los unos con los otros. Aprovecho para agradecer que me lean y que me dejen sus comentarios, de verdad, no sé cómo explicarle lo bien que se siente y espero que lo de hoy les guste mucho más.
¡Bienvenidos a la tercera cápsula viajera!
Muchas veces se nos ha dicho que el problema de la raza humana no es que vivamos usando solamente el 1% de nuestro cerebro o de nuestra capacidad intelectual sino que radica en que lo hagamos usando solamente el mismo 1% pero de nuestro corazón y nuestras emociones.
Creo, y espero coincidir con muchos, que si hay una característica que pueda generalizar a la mayoría de nuestras relaciones personales es su falta de profundidad. Estamos acostumbrados a conocer mucha gente pero a la vez, las conocemos poco. Nos ligamos y «agarramos» con muchas personas pero con casi ninguna nos damos un beso de verdad. Nos caracterizamos por ser una generación con relaciones o bueno, yo las llamaría conexiones con vínculos muy débiles y de bajo compromiso e implicación.
De hecho, yo lo añadiría como una de las característica de los Millenials, el hecho de que nos encantan la amistad y el amor descafeínado, sin calorías, sin riesgos, y hasta vegano. En otras palabras, vivimos dentro de la mega-tendencia del #AmorLight.
Cuando en los años 80’s empezaron a surgir los primeros productos light, lo hicieron junto a una promesa de mantener el sabor PERO eliminando cualquier peligro o sustancia que pudiera causar algún daño, así tal cual y bajo el famoso slogan de “Mismo sabor, menos calorías”. Desde entonces, no solamente los refrescos, los lácteos, las papas y las salsas han llenado los estantes y han triunfado bajo el concepto de lo light sino que nosotros, como consumidores, comenzamos a adoptar este tipo de modalidad hacía nuestra cultura, los comportamientos y valores, donde lo superficial y lo ligero le ha ido ganando bastante terreno a lo profundo y lo duradero. Es el caso de la forma en la que hoy nos relacionamos y enfrentamos a los sentimientos.
A pesar de toda la inversión publicitaria y el bombardeo del marketing, todos sabemos que un producto y su versión light no saben igual, esto no evita que cuando el light se consuma persista alguna sensación de estar disfrutando el producto original. Es lo mismo que sucede en las relaciones íntimas, detrás de un flirteo puntual hay algo más que un simple juego e intercambio de frases. Nos encanta vivir la sensación de estar practicando el amor en alguno de sus modos, y de hacerlo, además, con la garantía de no poner en riesgo nuestros sentimientos. Es como tocar el fuego con guantes o como bucear entre tiburones metido en una jaula (Ojo, lo último estoy loca por hacerlo, no juzgo). Se parece, pero no es lo mismo. Es un SI, pero ÑO.
Lo que convierte a una relación en algo auténtico no es su duración, sino el grado de implicación que tengan las partes. No importa que dure una vida, un año, o una simple noche loca. Lo importante es que sea el tiempo que sea, quienes la comparten se presenten el uno al otro ahora sí, sin ningún tipo de guante ni capa light. Son las mismas defensas que impiden que salgamos lastimados las que evitan que amemos en plenitud. De este modo, cada vez que tratas de suavizar o evitar alguna emoción, automáticamente impides que las demás brillen en su máximo esplendor. Y es que al final.. no hay que ser diseñador ni artista para saber que no existen los medios tonos.
Para disfrutar del amor, el de verdad, no basta con rozarlo, con «tocarlo por arribita», hay que meterse de lleno aun sabiendo que el riesgo de hacerlo es alto y muchas veces hasta es caro. Nadie puede garantizarte que quien hoy dice que le interesas, mañana no se vaya o que lo que ha tardado años en construirse, no pueda en un solo soplo desvanecerse como una torre de cartas. Exponerte como un producto original o sea, con el corazón y a sabiendas que pueden rompértelo es arriesgado pero siempre es más valiente que pasarte la vida protegido por una armadura y convencido de saber lo que significa haber peleado.
Y es que lo peor que puede pasarte en la vida no es irte con el corazón roto, en pedazos o el cuerpo lleno de heridas. Lo peor es irte sin descubrir que ni siquiera habías estado.

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