Todas las personas tienen la propia banda sonora de su vida. Cada vez que le preguntas a alguien te dice una canción que de una u otra forma dejó huella en esa persona, bien por recuerdos con un familiar, por una declaración de amor, por un logro, cada uno tiene sus motivos.

La mía siempre será la melodía que salía de aquella caja de música tan peculiar que llamó mi atención cuando nos mudamos de casa tras el cierre del bar. Tenía 11 años y me sorprendió lo anticuada que estaba, le di cuerda para ver si funcionaba y cerré los ojos en la cama para disfrutar de la melodía.

Cuando me desperté salí de la habitación y todo era distinto, la casa parecía bastante antigua, grité llamando a mis padres pero ninguno respondía, salí a la calle y tuve que andar unos metros hasta encontrar casas con gente, donde yo estaba parecía abandonada.

Cuando les contaba a las personas lo sucedido se reían y comentaban la imaginación que llegan a tener los niños, para ellos la pandemia de 2020 era cosa de críos que inventaban una historia para entretenerse.

Una familia decidió dejarme en su casa hasta que encontráramos rastro de mis padres, lo cual nunca sucedió y me quede con ellos como un hijo más. Aquella familia estaba formada por Isabel la madre de familia, Francisco el padre y maestro del colegio y Paquita, la única hija del matrimonio y una chica realmente guapísima.

Después de unos años viviendo con la familia y manteniendo en secreto mi amor por Paquita, un chico llamado Manuel llegó con un ramo de flores y una botella de vino para pedirle su mano a Francisco. Cuando Francisco aceptó no sin antes poner alguna que otra pega, salí corriendo hacía la casa abandonada.

Al llegar a la habitación llorando de rabia le di cuerda a aquella caja de música y me tumbé a escucharla mientras me desahogaba hasta quedarme completamente dormido, cuando me desperté volví a sentir aquella misma sensación de que todo había cambiado.

Nunca había visto nada parecido, salvo en las películas de fantasía que veía con mis padres en el salón mucho antes de vivir con Paquita y sus padres. Estaba tan entusiasmado y a la vez asustado que una mezcla de coche y avión casi me “atropella”.

El conductor, un joven de unos 25 años me pregunto si me encontraba bien y me dijo que cómo se me ocurría ponerme en mitad de la aerocalzada, en ese mismo instante le pregunte el año en el que estábamos y me dijo extrañado que 2035, Jesús se llamaba, ya era casualidad que mi salvador tuviera mi mismo nombre.

Me llevo a su casa y me presentó a su madre, su padre hacía un par de años que había fallecido según me dijo. El nombre de su madre me dio un vuelco al corazón, Paquita, como mi amor de 1960.

Como en la vez anterior no encontramos rastro de ningún familiar ni nadie que me reconociera y pase varios años con ellos, hasta 2040 el día que a Jesús le daban su primera estrella Michelin. El sueño que me había acompañado desde que mi padre cerró el bar y que él estaba cumpliendo.

Cuando la ceremonia terminó subí a mi habitación y le di cuerda a aquella caja de música que me relajo en un placentero sueño, pero la pesadilla volvió a suceder, al despertar ya no estaba Jesús, quien había sido para mí un verdadero amigo.

Me encontré con una mujer embarazada de su primer hijo, era idéntica a las fotos que había visto de mi madre cuando estaba embarazada de mí, me dijo que su primer hijo se llamaría Jesús y me llevo a conocer a su marido Antonio.

Al llegar a conocerlo vi como el hombre también se parecía enormemente a mi padre. Faltaban 2 días para la fecha de mi nacimiento, decidí quedarme con ellos hasta esa fecha para ver si se cumplían mis sospechas.

En el día y la hora de mi nacimiento, llegaba al mundo Jesús, hijo de Antonio, que era dueño del bar que le había dejado en herencia su padre recientemente fallecido, al igual que yo. Aquella sensación de vértigo me hizo volver a escuchar la melodía de la caja de música.

Al despertar, lo reconocí todo de inmediato, estaba en 2020 fui en busca de mis padres pues sabía perfectamente donde me encontraba y donde estaban ellos, pero lo que me encontré fue algo que me dejó aún más confundido.

Sabía que aquella caja de música me hacia ir dando saltos entre distintas épocas, lo que no sabía es que a su vez me llevaba a otro mundo. Cuando llegué a ver a mis padre me encontré a mi yo de 2020, el niño que dejó aquella época con 11 años. Yo ya era un muchacho con 23, había vivido en distintas épocas varios años.

Decidí mantenerme al margen y continuar dando saltos en distintas épocas. En mi camino me encontré con algunas personas que compartían mi misma situación, los Sic Mundus nos llamamos.

«Somos lo contrario una religión. Le hemos declarado la guerra al tiempo. Al tiempo y, con él, a Dios. Vamos a crear un mundo nuevo, Sin tiempo. Sin Dios.»