¡Hola locuelos!

Pues martes de nuevo. Ya toca la dosis semanal de vómitos. Esta semana no hay evento especial, simplemente diré los ganadores del juego que propuse en la anterior edición, cuya solución os dejo aquí abajo.

Los primeros en enviar captura de la sopa con 4 palabras sin repetir fueron: @Chiz_Habbo @lauuurghtp y @damianmoo. Enhorabuena, chicos, si no me equivoco, ya habéis recibido los premios. Además de los tres ganadores, se ha premiado la participación a través de twitter. Gracias a todos y no os preocupéis, habrá más retos similares. Y ahora os dejo la lista de palabras que conforman la undécima entrega de Vomitando Palabras: «realizado, Salem, conclusión, extravagante, puerco, costumbre, llorón, examen, explosión, Castillo de Escalona, deleite y epifanía«, además, tenemos 3 frases que me dejaron los primeros en comentar (que veréis en negrita a lo largo de la entrega). Y ahora sí, que empiece la fiesta.

 

…de pronto, un estornudo, bajo mi cama…

Yo no soy asustadizo. Suena un poco chulesco, pero es cierto. Soy de esas personas que, por ejemplo, viendo una película de terror se ríe a carcajadas de lo malas que son las escenas y de lo mal realizado que está el montaje. Soy así de raro, todos en la sala gritando y medio llorando y yo atragantándome con las palomitas porque no puedo parar de reírme.

Pero en aquella ocasión sí sentí un ligero terror en mi interior, ese estornudo heló mi sangre y me petrificó. No pude reaccionar, y menos aún cuando escuché unos pequeños arañazos en el suelo. Parecía que alguien o algo se arrastraba bajo el somier, de hecho, si prestaba atención, podía escuchar una respiración lenta y atropellada, como si quien estuviera ahí abajo estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano respirar.

–Soy Salem –dijo entonces, con una voz entrecortada y con escasas fuerzas al asomarse por el costado de la cama– el gato de Sabrina –concluyó.

Era un enorme gato negro, parecido a Mino, pero con unos ojos más vivos. Se había puesto en el pie de madera de la cama, mirándome. Entonces estornudó de nuevo. Un estornudo largo y ruidoso.

–¿Tienes un pañuelo? –preguntó meneando la cola de un lado a otro, como si fuera su lengua y hablase con ella– vamos chico, tengo mocos enormes aquí dentro, no querrás que los deje en tus sábanas.

No había manera de llegar a una conclusión certera de lo que estaba ocurriendo. En mi vida no había hablado con gatos, jamás. Y en cuestión de unos meses era íntimo amigo de un gato que se jugaba la vida por mí, enemigo del más extravagante inspector de monedas, y ahora me visitaba un gato famoso por una serie.

–No seas puerco y suénate aquí –dije y le lancé un calcetín sudado– es lo más parecido a un…

Me interrumpió con su orquesta celestial de mocos verdes como el mismísimo Mike Wazowski. Me dieron ganas de vomitar al ver esos pegajosos jugos saliendo de su naricilla. En aquel entonces era una costumbre en mí verme con arcadas en todo momento, más aún ante situaciones como ésa.

–Esa moneda –dijo Salem tras sonarse– ¿es un doblón de oro del siglo XVI? –preguntó y tiró el calcetín a un lado de la cama.

–Es del siglo XVIII –contesté, aún intentando reprimir las arcadas.

El gato se convirtió en un completo llorón. Lloraba sin consuelo, a pleno pulmón. Gritaba y se dejaba el alma en llantos al saber que no era del siglo que esperaba. Me recordó a LaPeloponi en cuanto salió de un examen de filosfía y me preguntó algo, le dije que la respuesta que querían era otra y, en una explosión de lágrimas empezó a gemir y dar patadas por todas partes como un poseso. Superniñata salió del aula del examen, estaba eufórica porque le había ido genial y lo mostraba con mucho entusiasmo, rozando la histeria. Se acercó a LaPeloponi para darle ánimos al verle decaído .

Cálmate me tienes cansada –le gritó histérica.

Pero déjame explicarte. 

No bye, me tienes harta.

LaPeloponi se largó y no volvimos a verle en mucho tiempo, pero bueno eso quizá ya os lo cuente en otra ocasión, no viene a cuento. Malditas digresiones…

Salem era una réplica de mi amigo, convertido en gato. Tirado en la cama, con su enorme barriga al aire, inmerso en un mar de lágrimas. Yo no entendía absolutamente nada, de hecho, en cierto sentido estaba convencido de que era presa de un mal sueño.

–Ya basta, gato estúpido. –dije, presa esta vez, de la furia por no poder descansar en paz.

–¡Lo mal que estoy y lo poco que me quejo! –replicó.

Se puso en pie con absoluta torpeza y me miró con aquellos ojos verdosos bañados por sus lágrimas, que empapaban las sábanas de mi cama. Se secó las lágrimas con las patitas y dio un saltó hacia mí.

–¡Vengo desde el Castillo de Escalona! –gritó con su vocecilla aguda, a un palmo de mí. –¡¿sabes dónde está?! ¡Nadie sabe dónde está! –respiró hondo– ¡Porqué esta LEJÍSIMOS! –gritó entonces, su voz cada vez era más impertinente, aguda, estridente incluso.

No supe qué decir, ni cómo reaccionar, ¿por qué tenía la estúpida manía de encontrarme con gente tan extraña? ¿Por qué todos los gatos parlantes se acercaban a mí? ¿Acaso mis vomiteras eran un deleite para ellos? Me empezaba a cansar de tanta epifanía gatuna y me preguntaba si realmente todo aquello era real o eran alucinaciones, pues en muchas ocasiones no todo era como parecía, ya que como es sabido las apariencias engañan. Así pues, tenía que comprobar si todo lo vivido era real o sólo era producto de mi imaginación.

Recordé, entonces, que bajo mi cama había un hacha guardada…

 

Y hasta aquí la undécima entrega de Vomitando Palabras. Dejad en comentarios las palabras que queráis que introduzca para la próxima entrega. Los tres primeros podrán dejar una frase que también incluiré y, quién sabe, quizá para el próximo martes se nos ocurre algún evento o alguna dinámica. Un saludo y sobre todo ¡gracias por leer!

Yawakasa