
¡Hola locuelos!
Pues martes de nuevo, martes de los buenos, de esos en los que sólo apetece acurrucarse con una buena manta y leer un blog como éste, o como el de mi compañero Jupimarc. Pero para empezar, primero os dejo la lista de palabras para esta nueva entrega, que es la siguiente: “anonadada, Magaleo, diamante, la curiosidad mató al gato, pinza, escalera, termonuclear, emulsión de Scott, Steven Universe, Rammstein, In Albis, Pitusón, pirámide, gomitas, astronauta, alohomora, videollamada, impresora, anclaje y mancuerna” Cortita, ¿verdad? Bueno, pues tenemos, también, tres frases que las veréis en negrita introducidas en el relato. ¡Y empezamos!
Recordé, entonces, que bajo mi cama había un hacha guardada…
Era un hacha de mi abuelo. Mi abuelo era (murió hace años) una persona con aficiones y gustos extraños. Eso dejaba a mi abuela anonadada en incontables ocasiones, como aquel día en que apareció en casa con el hacha. Mi abuela, para quien lo conozca, era (también falleció) entonces, como Magaleo. Este recuerdo es como un pequeño diamante en el regazo de mi memoria.
Lo que viene a continuación se podría resumir claramente en una frase: la curiosidad mató al gato y, como diría la muchachada de hoy en día, “se me fue la pinza” por completo.
Me agaché, mientras el gato estaba desplomado y llorando y cogí el frío mango de aquella arma tan pesada. Salem seguía con lo suyo y no me lo pensé dos veces. Atravesé al gato en dos, después corté su cabeza y lo destrocé. Curiosamente no salió ni una pizca de sangre y cuando terminé no había resto de la masacre. En efecto, era todo producto de mi imaginación. Solté el hacha y me levanté. Quería tomar algo. Bajé por la escalera y llené un vaso con agua del grifo. Volví al cuarto en la planta de arriba e intenté dormir nuevamente.
Sonó el teléfono, con un molesto ruido que me despertó de golpe y noté como una explosión termonuclear en mi interior. ¡¿No me dejarían dormir en paz?! Pensé mientras descolgaba el teléfono.
–¡Buenos días! –gritó un chico con la voz aguda–, ¿ha probado ya la nueva emulsión de Scott? –tomó aire al otro lado–, ¡Tiene treinta y siete vita…!
Colgué.
Me acurruqué entre las sábanas y me tapé con una buena manta, la que supuestamente debería estar manchada por la sangre del gato. Me quedé dormido, atrapado en un extraño sueño donde compartía aventuras con Steven, de Steven Universe y debíamos derrotar a la malvada banda de rock Rammstein porque robaron los MTVAwards para fundirlos y hacerse una bañera con aquellos premios tan cutres… En fin, una locura de sueño que se interrumpió por una nueva llamada.
Descolgué el teléfono y pude oír a la misma voz de antes, aún hablando sobre medicamentos y ofertas que no me interesaban en absoluto.
–No me interesa, gracias –dije cuando se quedó en silencio.
–¿Seguro? Está bien, está bien… –se quedó pensativo un momento–, ¿y si le hablo de una oferta que no podrá rechazar?
Me quedé en blanco, o como se diría en latín, “In Albis” sin saber qué decir. El chico prosiguió:
–Deje que me presente, soy Alberto Pitusón, y he visto su perfil detenidamente. Tiene problemas estomacales considerables, por eso le estaba ofreciendo la emulsión de Scott. Veo también que últimamente tiene problemas para dormir.
¡Si no me dejan dormir! Pensé en el gato que descuarticé poco antes en la misma cama. El mismo gato que empezó a materializarse en el escritorio, al lado de una réplica de una pirámide que tenía de un viaje a Egipto con LaPeloponi. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Y aún tenía al comercial al teléfono:
–… ¿qué tal si me da sus datos personales para poder mandarle una prueba? –preguntó y volví a prestarle atención.
Quería quitarme a ese pesado de encima de algún modo, ¿pero cómo? Se me ocurrió entonces la solución:
– ¿Por qué no te vas de paseo?…¿Y por qué no mejor te unes al club de coleccionistas?
–¿Coleccionistas?
–¡Sí! Coleccionistas de estampillas, hay premios y obviamente también estampillas, jajaja –le dije.
–¿Y hay fecha límite?
–¡El 25 de noviembre! Aún queda tiempo, lokita –dije y colgué el móvil.
Así estaría ocupado un buen tiempo buscando estampillas y no llamando para molestar. Me puse nervioso al ver a Salem materalizado por completo jugando con unas gomitas que había en mi escritorio. Le lancé el móvil y atiné de lleno en su ojo izquierdo.
–¡¿Por qué tanta maldad?! –vociferó el gato.
–¡Eres muy pesado! –le recriminé.
–Yo solo quiero cumplir mis sueños… quiero conseguir mi doblón… quiero… quiero… –se quedó callado largo rato, respirando pausadamente, como si quisiera viajar en el tiempo controlando su respiración– quiero ser astronauta –dijo por fin.
Me reí. Me reí a carcajadas tan fuerte que me ahogué y empecé a estornudar y casi vomitar. El gato seguía sobre el escritorio, mirando la moneda dorada con suma atención y con una mueca de asco.
–No te rías, humano escuálido –dijo el gato con sus manitas agarrando la moneda–, con el doblón adecuado todo es posible. ¡Pero esto es una basura! –lanzó la moneda al suelo–, es pura magia negra lo que se consigue con estas monedas…
–Si claro, ¡Alohomora! –dije con sorna alzando los brazos.
–¡Seré el mejor astronauta del mundo! –dijo Salem, y se puso en pie– podré ir de un lado a otro y podré decir, por fin… “volando voy, volando vengo” –su expresión era risueña, infantil, pero su voz era seria y autoritaria– ¡haré videollamadas desde Saturno! Y cuando cierre las conversaciones con la NASA podré decir: “¡Hasta luego Mari Carmen!” y seré el astronauta gatuno más amigable de todos los tiempos.
Se calló. Y se cayó de la mesa, al tropezar con la impresora. Un sonoro golpe como el de un anclaje golpeado a martillazos. Yo seguía patidifuso en la cama, sin poder comprender absolutamente nada. Bajé la mano de nuevo para coger el hacha y deshacerme del gato nuevamente, pero en su lugar me encontré con una pesada mancuerna…
Y hasta aquí, la edición semanal de Vomitando Palabras. Ya sabéis como funciona, me dejáis palabras y yo las introduciré en la próxima entrega. Los tres primeros en comentar podrán dejarme una frase también. La próxima semana habrá un especial en contra de la violencia de género que espero os guste y con el que consigamos concienciar de la gravedad del tema. Un abrazo, gracias por leer y ¡nos vemos en la próxima!
Yawakasa
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