¡Hola locuelos!

Pues de nuevo martes, con lo cual tenemos una sesión de vomitera palabril con muchas palabras que habéis dejado en los comentarios. Muchas gracias por participar en este blog. Aquí os dejo la lista de palabras: “ayuda a las hadas del bosque, gestionar, fogata, cemento, Mino, está muy bueno, Salem, croqueta, perro, sirena, calcetín, gelatina, Retamboritas, galleta, duendecillo travieso y palabraya” y ahora, una vez presentadas las protagonistas de esta edición, ¡que empiece Vomitando Palabras!

 

–Sí, duendes. ¡Ese maldito canalla patapalo tiene un ejército de duendes que debemos matar! –dijo el unicornio robótico llamado Retamborea2.

Me quedé asombrado del poder que tenía mi imaginación. Sin duda, todo aquello no podía ser más que una impresionante alucinación sacada del inmenso manantial de ideas absurdas que se me creaban. O quizá de un bosque, sí. Como en aquella alucinación que tuve hace mucho tiempo en la que acabé pidiendo ayuda a las hadas del bosque, pero eso es una historia demasiado larga que ya dejaremos para otro momento, si eso… antes debería gestionar mejor la historia de los unicornios y el pirata patapalo. Es muy importante saber ordenar las historias, darles el punto de intriga y desatar los acontecimientos cuando toca, es como controlar el fuego de una fogata, o, quizás, administrar correctamente el cemento a la hora de crear una construcción para que ésta salga firme y sin grietas. No es sencillo.

En fin, ¿por dónde iba?

Mino me miraba atónito. Aún no se creía nada de lo que ese robot nos contaba -lógico- Y empezó a buscar no sé qué. Dio vueltas por la habitación como un poseso mientras el unicornio seguía contando cosas sin sentido sobre matar a un ejército de duendes malhumorados que se dedicaban a la compra venta de pisos en Alcobendas, Madrid. Eran los verdaderos culpables de la burbuja… malditos.

Está muy bueno, –dijo de pronto alguien por el techo de la habitación– uy, se me ha escapado…

Estaba oscuro y apenas se podía ver nada. Era una enorme sala de techo alto con vigas y columnas por todas partes. Pero entre las sombras pude ver a algo o alguien arrastrándose entre los revestimientos de la casa. Se meneaba con agilidad y sutileza, era impresionante. Hasta que tropezó con algo y empezó a caer. Gritaba con desesperación hasta que un abrupto golpe silenció la sala.

Mino se acercó a ver quién se suponía que nos estaba espiando.

–¡Pero si es Salem! –gritó al encontrarse a la otra gata en perfectas condiciones tras un aterrizaje forzoso.

–Sí, viejo gato, soy yo –dijo ella. Se tiró al suelo y empezó a rodar, haciendo la croqueta.

–Pareces un perro haciendo esas cosas de perro –recriminó Mino–, eso de que está muy bueno, ¿era por mí?

–Cállese, viejo gato.

La gata se puso en pie y se acercó a donde estaba yo, frente a Retamborea2, que seguía hablando de los duendes, sin enterarse, aparentemente, de nada.

–¿Quién es esta chiflada? –preguntó Salem a la altura de mis pies.

–¡No me insultes!

Al fin Retamborea2 dejó el discurso, para encararse con Salem, pero al menos no me comía la oreja con sus historias de venganza robótica.

–¡La última que se metió conmigo está ahora bajo agua! –gritó el unicornio.

–¡¿La ahogaste?! –preguntó Salem, asustada.

–No… era una sirena… pero le dí su merecido. Le golpeé con un calcetín sudado y apestoso hasta que perdió el conocimiento.

–Está bien, chicas, no discutan más. –Salem se puso entre las dos e intentó apaciguar la situación.

No era necesario, pero a Salem le encantaba ser el centro de atención, como los trozos de fruta en la gelatina, que destacan en ésta y uno no puede dejar de observarlos como se mantienen en su perfecto estado mientras la gelatina se tambalea. Jo, que hambre tengo, de no ser por la historia de las Retamoritas me estaría comiendo una enorme galleta con pepitas de chocolate… ¿alguien tiene alguna? Mejor seguimos…

–Está bien, te ayudaremos a matar a los duendes… –dije por tal de que el unicornio se callara.

En realidad no estaba dispuesto a acabar con la vida de ningún duendecillo travieso, pero quería salir de esa habitación, quería volver a casa y dormir, no escuchar más historias raras, ni cuentos navideños siquiera. Sólo quería jugar al Palabraya enfundado en un pijama tirado en la cama. Pero eso era imposible…

 

Y hasta aquí la edición de Vomitando Palabras de esta semana. Ya sabéis lo que tenéis que hacer para que esto siga. Dadle muchos likes y activar la campa… no eso no era aquí. Mejor dejáis una palabra en comentarios y yo ya soy feliz con eso. Un abrazo, felices fiestas, muchas gracias por leer y ¡nos vemos el próximo martes… si Mino quiere!

Yawakasa