¡Hola locuelos! Feliz año nuevo a todos, espero que 2019 sea un año redondo para todos vosotros y que se cumplan vuestros sueños en esto 365 días que nos esperan. ¿Y qué mejor forma de arrancar un año que con una nueva entrega de Vomitando Palabras? Aquí os dejo la lista de palabras que dejasteis en los comentarios de la anterior edición, pero antes os dejo las 5 palabras que «rescahtamos» de las cinco primeras ediciones: “vivo, Kawasaki, tra, tiquismiquis y burriciego”. Los que acertaron recibirán sus premios pronto. La lista para esta entrega es la siguiente: «chaleco, regadera, Rodas, suspense, resaca, atracón, Mino navideños, Open English, reset, palomitas, ventanal y diabólico» y ahora sí, que comience esta locura.

 

–Entonces, Popeye no era el Popeye que conocemos de los dibujos.

–¡Por supuesto que no! –grité–. ¡¿Acaso me escucha?!

–Claro que te escucho. Pero, no entiendo. Es complicado.

–¿Complicado? ¿En qué punto te has perdido? No es tan complicado.

–Veamos… –dijo el hombre con gafas que estaba sentado frente a mí, repasando un bloc de notas–, hay un unicornio metálico llamado Retambo… no se qué, hay un gato negro que no deja de meterte en líos y un Popeye que no es Popeye que intenta ayudaros.

–Lo estás clavando…

El viejo se desabrochó el chaleco que llevaba puesto y se ajustó las gafas de montura metálica. Me miraba fijamente, sin pestañear.

–¿Estás tomando las pastillas que te receté?

–¡Claro que me tomo las pastillas! –volví a gritar. Estaba muy nervioso.

– Pareces loco como una regadera, y disculpa la expresión. Pero, ¡nada de lo que me cuentas tiene sentido!

–Lo sé –dije sin ganas.

No estaba molesto por lo que el psicólogo me decía, estaba molesto porque tenía razón. Llevaba días sin poder dormir bien, todo por culpa de las palabras que se me almacenaban en la cabeza y por las que debía hilar historias que acababan en un sin sentido. Mi doctor me recetó unas pastillas para las nauseas y otras para dejar en blanco mi mente, me aconsejó hacer un viaje a algún paraíso, por ejemplo Rodas o las Canarias, pasar unos días en la playa y desconectar. ¡Pero me era imposible!

– ¡¿Y qué hago con todo ese suspense que se crea?! –dije desconsolado–. Las palabras vienen, se acumulan en mi cabeza y empiezan a juntarse, a crear frases, luego un párrafo y después se conectan entre sí creando una historia sin final. No pueden parar… No puedo frenarlo. Ni aún escapándome a unas islas… tiene que recetarme algo más fuerte.

El doctor se puso en pie, dejando la butaca vacía (vaya, así es como se llamaba una historia que escribía hace mucho tiempo, quizá la retome) se dio un paseo por la sala y empezó a rellenar su pipa para fumar.

–Tienes resaca palabril –dijo mientras encendía la pipa con una cerilla–, te has dado un atracón de palabras para evitar las nauseas y vómitos y ahora tienes una resaca descomunal. Por eso no duermes, por eso no descansas. Te pasas el día hilando las palabras, creando historias sin sentido, interesantes, ¡pero sin sentido!

Se sentó de nuevo y apartó la mirada hacia la ventana, afuera nevaba. Era una fría tarde de diciembre, el año estaba a punto de acabar y eran tiempos de balances. ¿Había sido un año bueno o desastroso? La mayoría de la gente se pasaba el día haciendo cálculos innecesarios, sumando y restando para llegar a un resultado incierto. Yo, por el contrario, me pasaba el día pensando en Mino. Los días navideños no eran más que una farsa para mí. Yo quería terminar las historias que se formaban por culpa de las palabras. ¿Iba a rescatar a la hermana de Retamborea2? ¿Habría una pelea infinita entre Popeye y el gato? ¿Qué me deparaban las palabras? Pero aquel doctor. Ese maldito trajeado como un profesor de Open English se negaba a continuar. Quería hacer un reset en mi mente y eliminar mis nauseas y vómitos de otra forma. Ésta no era la correcta.

–Se ven las palomitas peleándose por una migaja de pan, a través del ventanal–, dijo el doctor.

–Querrá decir palomas.

–Son pequeñas; crías. Palomitas.

Ese doctor. Cómo le odiaba. Sí, había conseguido frenar mis nauseas y mis ganas de vomitar, lo había logrado. ¡¿Pero a qué precio?! Me había convertido en un absoluto demente hilador de palabras. Y cada vez que le miraba a los ojos podía sentir un escalofrío, una sonrisa invisible que se dibujaba en esos labios secos y agrietados. Sí, sin duda había conseguido su plan. Volverme loco y adicto a unas pastillas. Él y su diabólico plan se iban al traste. Se iban al traste, sí. Se iban… Se iban a al traste, ¿verdad Mino?

–Así es– dijo el gato, completamente magullado, que se presentó sobre la mesa del doctor.

 

Y hasta aquí la entrega semanal de Vomitando Palabras. Espero que os haya gustado y que no os moleste este cambio drástico. Tranquilos, la historia continuará, pero quería meter algo distinto… Ya sabéis la dinámica. Me dejáis palabras en los comentarios y yo las convierto en frases que pasan a formar parte de una historia sin sentido. No, si al final tendré que tomar pastillas y visitar a un doctor de verdad… Pero como 2019 es muy largo y quedan muchos días, mejor dejarlo para otro día. Disfrutad del primer día del año y pasadlo genial con vuestros seres queridos. Un abrazo a todos y muchas gracias por leer. Nos vemos el próximo martes, si Mino quiere.

Yawakasa