¡Hola locuelos!

De nuevo martes, por lo que, de nuevo, ¡vomitera! ¿quién dijo que vomitar no era divertido…? Esta semana tenemos una lista cortita de palabras, pero eso no significa que vaya a ser una edición aburrida y sosa… al contrario. La lista de esta semana es la siguiente: “manchado, Mino, albaricoque, atroz, que bueno está, asqueroso, Pasito perrón, medicina, verbena, Sotomonte y rey” y sin más tonterías, ¡que comience esta locura!

 

El gato estaba magullado, arañado, manchado por sangre. Era un auténtico cuadro grotesco. Pobre Mino, pensé, al verlo sobre la mesa del doctor hecho trizas por la pelea tan intensa que tuvo lugar en el almacén. El doctor no podía ver al gato, o eso parecía, ya que ni se inmutó de su presencia.

–Bueno, aclárame, pues, ¿qué pasó después? –preguntó.

–Está bien, supongo que tendré que contarlo para intentar buscar un remedio a mis problemas –dije a mi pesar, en verdad quería salir de ahí y tomarme algo fresquito.

Mino tenía una granada en su mano. Una de esas granadas que parecía un albaricoque maduro, y Popeye estaba en el suelo cubriendo a su amiga. Yo no entendía nada de la situación. En un principio creía que estábamos todos en el mismo bando, pero entre Mino y Popeye había alguna discusión del pasado pendiente.

Popeye se puso en pie y, enfurecido, empezó a bramar y a agitar los brazos de un lado a otro, parecía un muñeco de viento en un parking anunciando coches de segunda mano. Era, en cierto sentido, divertido de ver. Salió corriendo hacia el gato y le propinó un atroz puñetazo en el cogote que lo mandó por los aires. El gato atravesó el almacén haciendo un perfecto salto de longitud con tirabuzón y machada en el suelo. Un 9,9 de puntuación.

–¡Que bueno está cuando le atizas un buen gancho a alguien! –gritó Popeye eufórico tras el golpe.

Mino aterrizó sobre una pila de cajas repletas de polvo, que llenó la sala. Algunas ratas salieron de sus escondites y corrieron por la sala despavoridas y alarmadas. Gritaban y corrían una detrás de otra. Un panorama bastante asqueroso, y el olor que despertaron no ayudaba. Popeye se jactaba de sus músculos y de su fuerza, cuando Mino apareció por entre las cajas con la granada entre los dientes. Le quitó la anilla y la lanzó hacia el musculitos con las pocas fuerzas que le quedaban.

Popeye vio la granada acercarse a gran velocidad directa hacia él y, sin dudarlo un momento, esperó con pose desafiante, y en cuanto llegó a él le propinó una patada giratoria digna del mejor videojuego de peleas y se la devolvió a Mino, que no se esperaba ese giro dramático.

–¡Pasito perrón! –gritó éste cuando golpeó la granada–, sí, ¡así llamo a mi patada giratoria!

La bomba explotó cuando estaba a un palmo de Mino. Un sonoro estruendo invadió la sala y las cajas volaron en mil pedazos. La zona del almacén donde explotó la granada quedó destrozada, trozos del tejado se derrumbaron y todo quedó cubierto por una espesa capa de polvo negro. Si Mino estaba ahí abajo, ni la mejor medicina podría curarle las heridas.

Popeye celebraba su aparente victoria con emoción exagerada, como si estuviera en la verbena de San Juan. Sacó un par de cohetes de sus bolsillos y los encendió con un cigarrillo. El almacén se convirtió en una fiesta desmesurada con cohetes de colores.

Yo permanecía en mi sitio, confuso, exhausto por lo que acababa de ver. ¿Mino estaba muerto? No se movía mi un ápice por donde debería estar el gato, bajo los escombros de la explosión y todo indicaba que, efectivamente, Mino no había salido vivo de ésta.

–Entonces, renacuajo –dijo Popeye acercándose a mí–, vas a ayudarnos a salvar a la hermana de nuestra amiga, ¿o tendré que acabar contigo también?

No respondí. No estaba en condiciones.

El doctor me miraba fijamente, sin apartar sus ojos grises tras sus gafas, al otro lado del escritorio. Llevaba una copa de vino tinto en la mano, ¿sería un Sotomonte?

–Entonces –dijo tras beber de la copa–, Popeye acabó con el gato…

–Bueno, no…

–¿El rey de tus fantasías inventadas ha muerto? –insistió el doctor con tono burlesco.

–¿¡Acaso no me ves, cenutrio!? –vociferó Mino sobre el escritorio.

–No, no te ve, Mino. Nadie te puede ver… –susurré mientras empezó a sonar una canción de fondo. Una canción que provenía del móvil del doctor. Un taki taki acompasado y acompañado por una voz dulce y embriagadora…

 

Y hasta aquí Vomitando Palabras 19. Una entrega que en principio creía no iba a poder hacer, pero ¡aquí está! Espero que os haya gustado y hayáis disfrutado leyendo esta nueva entrega, la semana que viene más y mejor. Más loca y quizá con alguna dinámica nueva, los tres primeros en comentar podrán dejarme una frase aleatoria, también. Nos vemos el martes que viene, recordad dejarme las palabras en comentarios para que pueda continuar con la historia. ¡Gracias por leer y hasta la próxima!

Yawakasa