¡Hola locuelos!

Pues, aquí estamos de nuevo con una edición más de “Vomitando palabras” ¡La segunda ya! Nadie se esperaba que esto llegase tan lejos, ¿verdad? Bueno, esta vez la lista es bastante extraña y no espero nada bueno de lo que puedo escribir con esto: “vomitando, habbotemplarios, nubes, pizza, huraño, conejos, gatitos, parchís, esternocleidomastoideo, LaPeloponi, esternoclomasteoideo, Habbo, quetzalcoatlus, verde, dinosaurio, Kawasaki” a ver qué sale… ¡espero que os guste!

Volviendo a donde lo dejé la otra vez, en ese punto en el que días después del incidente de la farmacia comprendí lo que aquel chaval me dijo. Debo decir que no fue gracias a mí, he de honrar a la verdad contando como sucedió ya que así quizá limpie mi alma, pues aún sigo vomitando sin parar y la culpa de esto reside en mi yo interno.

Aquel chaval formaba parte de un grupo social, los Habbotemplarios. Yo ya había escuchado antes algo sobre ellos, pero cosas superficiales y sin prestar apenas atención ya que, debido a mis digresiones, suelo estar en las nubes, en mis pensamientos; como aquella vez que estaba con unos amigos tomando cervezas y comiendo pizza y me imaginé un mundo muy peculiar.

Estábamos viendo un partido de fútbol y los locales marcaron un gol. Mis amigos se levantaron de un brinco del sofá como locos, tiraron las cervezas al suelo y mancharon la alfombra, la mesa y las paredes por completo. Los trozos de pizza volaron de sus cajas de cartón para ser libres y estamparse contra todo cuanto pretendían alcanzar. El caos se desató en la sala. Ellos gritaban y, poseídos por el espíritu de un gol, amenazaban con destruir todo a su paso. En ese momento, yo, como buen huraño que siempre he sido y seré, me encontraba sumiso en mi mente, imaginando un mundo dispar donde el fútbol no existía y donde ni una sola gota de cerveza se derramaba, donde no éramos lo que, por desgracia, somos.

Éramos como conejos, retozando por las praderas, golpeándonos con sutileza sin más interés que la auto-satisfacción. ¿Hasta dónde estábamos dispuestos a llegar? Mirábamos con recelo a los gatitos que planeaban y conspiraban contra nosotros, pues eran más avanzados que nosotros. Los conejos solo saben comer zanahorias y dormir, como hacíamos nosotros, los gatos son como los humanos que tiran cerveza y celebran goles sin sentido, en cierto modo era normal odiarlos.

Uno de mis amigos me cogió de los hombros y empezó a zarandearme con fuerza y determinación, como, siendo yo un dado, se dispusiera a lanzarme contra un tablero de parchís. Y así volví de aquel idílico mundo sin partidos de fútbol, sin goles, sin gritos eufóricos manchando con rabia una casa vacía de seres humanos.

– ¿Estás bien, tío? –gritó a un palmo de mi oreja– ¡Tienes el esternocleidomastoideo inflado!

– ¿El… qué? –no entendía nada de lo que decía, pues aún tenía en mi retina la pradera donde retozaban los conejos.

LaPeloponi, así llamamos a uno de mis amigos porque está muy mal de la cabeza y es bastante inculto, como la propia Peloponi, se acercó como un poseso y apartó al otro de un porrazo, me miró fijamente el cuello y enloqueció.

– ¡Tiene el esternoclomastoideo roto! –soltó con los brazos en aire y dando vueltas por la sala como un poseso.

– ¡Esternocleidomastoideo! –gritaron los otros tres a la par, dejando en ridículo a LaPeloponi, que seguía dando vueltas sin sentido con los brazos en alto y la boca desencajada.

Al ver tanto revuelo sobre mi músculo impronunciable me pasé la mano por el cuello para evidenciar lo que era de esperar. Era cierto que tenía un bulto, pero no era lo que ellos creían. Tenía la carótida inflada. Me puse en pie enseguida y me dirigí al baño a toda prisa, ahí delante del espejo me vi, no como persona, sino como un personaje de un videojuego, como un Habbo personaje.

Pasmado ante mi reflejo pixelado de un yo irreal, mi mente volvió a divagar sobre los conejos celosos de los gatos en un mundo donde los seres humanos como tal no tenían cabida, donde algún quetzalcoatlus sobrevolaba inmensas praderas de color verde, donde ningún animal se sobrepone a lo que en realidad es. Donde los conejos son conejos, donde los gatos son gatos y ningún dinosaurio tiene la necesidad de hacer la renta tras pasar un año en una oficina trabajando, como si hacemos los estúpidos humanos.

Perdón, me he derivado demasiado en aquella primera digresión que tuve, acompañado de mis amigos ya abandonados y no me he centrado en lo que aconteció después de conocer a Jupimarc en la farmacia, pero prometo que para la próxima, os contaré lo que sucedió.

Hasta aquí, la segunda edición de “Vomitando palabras”, espero que os haya gustado igual o más que la primera y estéis tan ansiosos como yo de crear la siguiente edición. Un placer formar parte de vuestro entretenimiento y nos vemos en la próxima; ya sabéis como funciona, vosotros me dejáis una palabra por comentario (a ser posible que no sea repetida) y yo la introduzco en la historia. ¡Un abrazo!

Yawakasa, que no Kawasaki