¡Hola locuelos! Martes de nuevo, martes de vomitera, con unas cuantas palabras que me habéis dejado en la anterior entrega. Son pocas así que esta entrega será cortita, pero jugosona. Así que no daremos más vueltas al filete y empecemos cuanto antes, pero primero la lista de palabras: “mujeriego, entintador, toxicidad, pulgoso, laberinto, vienesa, sempiterno y cartografía” Además de una frase que me ha dejado un lector fiel. Y ahora sí, ¡que comience esta locura!

 

Seguramente necesitábamos un descanso, tomar unos días de relax entre cuatro paredes de puro blanco cegador y reflexionar. Y el gato estaba ahí, dando vueltas en el suelo, enroscándose ligeramente hasta convertirse en un precioso achuchable cojín redondo, rumiando sutilmente. Mirando al suelo, pensando en qué sé yo, ¿Gasper? Quizá.

–¿Dormimos ya, gamberro? –dijo entonces–, mañana ya pensaremos algún plan. ¿No?

No contesté, me quedé esperando a que dijera algo más, pero no. Mino se durmió de pronto. Respiraba fuertemente, haciendo eco de sus ronquidos en toda la habitación. Yo me tumbé en el colchón e intenté rememorar ese día tan extraño. Cómo había acabado en ese sitio. Pero los párpados me pesaban, me pesaban de verdad. Vi a mino dormido y ¡me pareció tan adorable! Una especie de pitosón achuchable. Con aquella estampa clavada en mi retina, me quedé dormido.

Yo era un mujeriego. De esos que iban a bares o pizzerias y ligaba con todas las chicas que veía. Me daba igual todo, la edad, de dónde fuera. Yo sólo quería una chica para pasar el rato. Y ¿dónde podía conseguirlo? Obvio, no había que pensar mucho, ni donde elegir. Me ponía las mejores ropas y me acicalaba. Cogí el Mustang y me acerqué a la pizzería de siempre a tramar la historia, a dibujar el boceto de la noche como un entintador preparando su próximo tatuaje.

Llegé al local, de alta toxicidad y le tiré las llaves del Mustang al pulgoso de la entrada para que fuera a aparcarlo. Era el dueño del local, pero en ocasiones también hacía de portero ya que le gustaba tratar bien a su clientela, sobretodo a las hienas, las hienas eran su cliente más potencial. Y yo era la hiena de las hienas.

Y ahí estaba, en el laberinto de mesas y sillas, buscando a la presa de la noche. Una joven sería, una jovencita, sí. ¿De dieciocho? Quizá menos. Estaba salvaje aquella noche, era mágico y me sentía vivo, joven, a pesar de mi avanzada edad, pero de eso nadie se daría cuenta con mis triquiñuelas y engaños.

Llegué a la barra y pedí una cerveza de importación. No tenían belgas, así que ¿por qué no una vienesa? La camarera era simpática, pero mayor para lo que andaba buscando aquella noche. Además, debería esperar a que terminase turno. El dueño me tenía aprecio, pero no tanto como para dejar salir a una de sus camarera antes de acabar el turno. Yo no podía esperar. A mi pesar, este momento no es sempiterno.

Ligar es como el arte de la cartografía. Comienzas en una esquina y vas trazando el plano, buscas esquinas, buscas chicas. Mesas, sillas vacías, apuntas. Una rubia, una morena. Las anotas en tu bloc y te das una vuelta. Y eso hacía yo. Creaba mi mapa de jovencitas para que, cuando estuviesen alegres, pudiera atracar mi barco y empezar la conquista, como hicieron los españoles. Oh, sí, yo era una hiena, pero con una galena en busca de esmeraldas…

 

¡Y hasta aquí Vomitando Palabras 22! Recordad dejar vuestras palabras en los comentarios de esta entrega para que podamos seguir con la historia el próximo martes. Espero que os haya gustado esta historia y que tengáis ganas de seguir leyendo. Un abrazo a todos y muchas gracias por leer. ¡Nos vemos el próximo martes!

Yawakasa