
¡Hola locuelos!
Pues, de nuevo por aquí, molestando un poco con mi vomitera palabril. Con una entrega muy especial ya que hoy si dejaré de lado la historia interminable, hoy os voy a contar una anécdota sobre algo que me gustaría que no existiera. Haciendo referencia al tema por excelencia de estas semanas en HT, hoy os traigo un suceso que pasó hace mucho tiempo, pero antes, las palabras que integraré en esta cuarta edición.
La lista de hoy es la siguiente, «tiquismiquis, guasón, matriz, DragRace, golosa, ponis, chuchurrío, tomate, oxidado y naranja» y ahora, por fin, ¡que comience VomitandoPalabras4!
Hoy os quiero hablar de un chico que había en mi escuela. Un chico con el que no tuve mucho trato, pero del que aún me acuerdo de vez en cuando.
He de reconocer que era un poco tiquismiquis, sobretodo con la comida ya que, recuerdo, que en el comedor del colegio siempre lo pasaba mal al ver aquellos platos tan escalofriantes que nos servían. Era de aquellos alumnos prodigios que destacaba en prácticamente todo cuanto hacen y además tenía un humor característico. Estaba siempre sonriendo a los demás y gastando bromas inofensivas, era un guasón, pero de los que caen bien a la gente.
Los primeros años de escuela siempre estaba sonriendo, ayudando incluso a los demás, era un alumno diez, como se suele decir en estos casos, todos sentían cierta admiración por él y querían, en cierto modo, ser como él, otros, como yo, no se atrevían a hacer amistad con él por el hecho de que no nos podíamos equipararnos a él.
Pero aquella faceta se desvaneció, se perdió como el humo con el tiempo. Ocurrió en una clase de matemáticas, cuando el profesor pidió un voluntario para desarrollar una matriz de muchos elementos. El chaval se ofreció como voluntario y al levantarse de su mesa, su libreta cayó al suelo abriéndose y esparciendo algunos papeles por la clase. Un compañero se agachó y cogió un panfleto publicitario de colores llamativos. Era una entrada a un evento de las DragRace.
El caos se desató en la sala. El compañero que cogió el panfleto empezó a reír a pleno pulmón. Los ojos se le salían de las cuencas. Señalaba al chico que, avergonzado salió corriendo al pasillo. El otro, alzaba al vuelo el panfleto y empezó a leer a pleno pulmón lo que en éste anunciaban.
«La golosa drag Aquaria actuará para el público acompañada de varios ponis de colores y hombres semi-desnudos, ¡no te lo puedes perder!»
El chico se levantó y empezó a reír con más fuerza, el profesor no sabía qué decir ni cómo actuar. Salió al pasillo a ver si encontraba al prodigio de la clase mientras en el interior las mofas del primero empezaban a hacer eco en los demás compañeros. En cuestión de segundos el alumno más envidiado y admirado pasó a ser el centro de las mofas y burlas de los demás. Yo no sabía que hacer, me encontraba fatal. Apenas conocía al chico al que estaban ofendiendo y me encontraba fatal incluso conmigo mismo, estaba completamente chuchurrío, como un tomate podrido.
Los días pasaron y la clase parecía estar condenada a una extraña calma, el chico no volvió a clase durante unos días y el que se había burlado de él había ocupado el puesto en la cadena de admiración, pero, no era el mismo respeto, la misma sensación. Había un miedo intrínseco en las alabanzas hacia este nuevo modelo. El aire que se respiraba en la clase era tóxico, oxidado, nefasto.
Al cabo de unas semanas el chico volvió a clase, pero ya no era el mismo de antes. No estaba feliz, ni animado, ni siquiera prestaba atención a lo que el profesor nos explicaba. El nuevo ídolo temido se burlaba siempre de él. En los recreos le recordaba sus gustos peculiares señalándolo con el índice e insultándolo indiscriminadamente. En el comedor le lanzaba incluso bolas de papel y se burlaba de sus manías. En una ocasión le lanzó una bola de papel que se tragó y se quedó pegada a su laringe, impidiéndole respirar. En ese momento nadie le ayudó. Quizá el miedo, el respeto que imponía el agresor paralizó a los presentes.
Ahora os pensaréis que yo actué. Que fui el héroe de la clase y salté para ayudarle, pero no fue así. Nadie hizo nada. Todos estábamos sumisos ante las agresiones de aquel degenerado niñato.
En esta historia no hay héroes, no hay nadie que plante cara, nadie que restaure los valores ni devuelva a la normalidad el estado de las personas. En esta historia la naranja se ha pelado y desgajado, no se puede volver a juntar todo ni retroceder en el tiempo para hacer un delicioso zumo. Aquel chico que prometía se quedó solo, abandonado y el que se burlaba de él consiguió el estatus que deseaba. No hay final feliz porque nadie tuvo lo que hay que tener en estas circunstancias.
En ocasiones aún recuerdo la experiencia y cómo le cambió la vida a aquel chaval porque un indeseable decidió insultarle porque sus gustos no eran afines a los que marcan los cánones. Porque nadie impidió que el abuso se frenase, porque en cierta medida, todos fuimos cómplices de cortar aquella prometedora vida de raíz al no saber actuar debidamente. Supongo que, si hay que sacar alguna lección de esto, sería intentar prevenir otras situaciones semejantes a ésta.
Y hasta aquí la cuarta edición de Vomitando Palabras. En esta ocasión no he podido coger demasiadas palabras por motivos personales, pero espero que para la próxima tengamos un récord histórico de palabras vomitadas. Pasadlo bien en lo que queda de semana, intentad disfrutar al máximo de la vuelta a las clases (aquellos que vuelvan) y frenad todo tipo de conducta no propia de personas civilizadas. Ya sabéis, dejad las palabras en los comentarios y en la quinta o contaré algo más animado y divertido, como aquella vez en la que LaPeloponi y yo nos fuimos de viaje a…
Yawakasa
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