
¡Hola locuelos!
Pues ya estamos de nuevo aquí, otro martes más con una edición de Vomitando Palabras. Y os agradezco con total sinceridad por participar en este blog, ya que sin vuestras palabras, no hay nada que escribir. Y hablando de palabras, aquí os dejo la lista de las palabras que habéis puesto. Las tres primeras no las pude incluir en la anterior edición como ya comenté porque tenía que dejar terminada la edición antes de tiempo, pero si pasa esto no hay que preocuparse que, como en esta ocasión, incluyo las palabras al inicio de la siguiente. Y ahora sí, ésta es la lista para la quinta edición de Vomitando Palabras: “flambear, arrecha, falacia, Oklahoma, burriciego, multifacética, androgénico, amnesia, supercalifragilisticoespialidoso, nilradical, juanetes, caracol, serendipia, cerdo y purria”.
Hoy os quería hablar del viaje que hice en una ocasión con LaPeloponi. Por si no recordáis, así es como llamamos a un amigo mío del que ya os hablé un poco en otras ocasiones. Uno de los gustos más extraños de este amigo es que le encanta flambear todo lo que cocina. Tiene esa fantasía de ver todos sus platos ardiendo, escuchando el crispar del licor mientras arde. Que no os importe si hablo de ella en femenino, ya que tiene gustos muy dispares y sus tendencias, ya saben… en fin, es una arrecha y cuando cocina explota su deseo al ver las llamas en el plato. Y creanme, no digo ninguna falacia. Mi amigo/a tiene esa enfermedad, porque así lo detectó un prestigioso doctor hace ya bastante tiempo.
Esto sucedió hace bastante, cuando ni siquiera existía WhatsApp… LaPeloponi estaba preparando una ensalada de tomates y mozzarella, con olivas y alguna naranja a gajos. Le encanta poner naranjas en todos sus platos. Y de pronto se le ocurrió quemar la ensalada con un buen chorro de brandy. En definitiva, la casa salió ardiendo. Habíamos preparado una cena entre amigos y por culpa de su enfermedad pirómana nos quedamos sin banquete y sin casa.
Días después fuimos al hospital a que trataran a mi amigo antes de que su problema fuera a más. Algún psicólogo podría echarle una mano, pero por desgracia los mejores estaban en una conferencia en Oklahoma. Sin pensárselo dos veces, la loca de Lapeloponi compró dos billetes y en cuestión de horas estábamos sentados en un avión con rumbo a América. Y así es LaPeloponi, además de quemar cosas, se comporta de forma impulsiva. También es un poco cegato, burriciego, tanto, que se equivocó y compró dos billetes para Ohio, no Oklahoma. Total que al llegar al aeropuerto nos encontramos sin chófer, ni hotel y a más de mil kilómetros de donde deberíamos estar.
LaPeloponi, como buena multifacética que es, pasó de la euforia a la depresión absoluta, mostrando así la cara oculta de mi amigo. Un lado perverso, del que prefiero no hablar. La cuestión es que salió del aeropuerto gritando como la loca que es. Yo salí detrás de él pero lo perdí de vista en cuanto se perdió tras una tienda. Entré con los pulmones en la mano y pregunté al dependiente si había visto a un loco corriendo, llorando y gritando.
— ¡No! —gritó enfurecido el musculado hombre— Disculpa mi malestar, no consigo vender estos anabolizantes —el dependiente señaló a la indecente cantidad de botes que había tras él— y me los estoy tomando todos yo. ¡El efecto androgénico! —soltó golpeando el mostrador con ambos puños.
Salí de la tienda y entré en otra, cuyo nombre era Amnesia. Al pasar las cortinas de plástico me encontré a una mujer vestida con un traje entallado a medida color mora, con una corbata verde anudada con suma delicadeza.
— ¡Repite conmigo, mi querido cliente! —dijo la mujer con los brazos extendidos, mirándome fijamente inmersa en una enorme nube grisacea— ¡Supercalifragilisticoespialidoso!
Salí de la tienda sin mirar atrás.
Estaba completamente perdido, como aquella vez que por equivocación entré en una aula de matemáticas en la universidad y el profesor estaba hablando del nilradical de unos anillos, en esa ocasión también salí sin mirar atrás.
Me dolían los pies de tanto correr y los juanetes en los dedos no ayudaban en absoluto. No veía a Lapeloponi por ningún lado y no sabía donde ir. Por mucho que corriera para encontrarlo, sería como un caracol persiguiendo a una liebre. Conociendo a Lapeloponi, estaría en un taxi rumbo a Oklahoma por su cuenta, o en cualquier hostal llorando en la esquina de la cama. Era así de impredecible.
Salí de la terminal y me senté en el suelo, sin saber qué hacer. Entonces apareció la tan amada serendipia. Porque cuando uno busca algo o a alguien, no siempre encuentra lo que busca, y en ciertas ocasiones, lo que uno encuentra es mucho mejor, -como el que va a comprar cerdo a una carnicería y le ponen cordero por una tonta equivocación- ahí estaba ella, como purria sentada frente a mí al otro lado de la acera…
Y hasta aquí la quinta edición Vomitando Palabras. Ya sabéis como funciona, vosotros me comentáis con una palabra y yo sigo contando mis historias. Espero que os haya gustado y que estéis tan ansiosos como yo de ver como sigue la historia, porque aunque no lo creáis, no tengo ni puñetera idea de lo que pasará.
Yawakasa
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