¡Hola locuelos!

Pues una semana más y ya estamos a martes, día de vomitera palabril con este blog tan loco que no sé a dónde nos va a llevar, pero seguro que a nada bueno. Espero que tengáis ganas de leer un par de locuras porque lo que hoy os traigo no es normal, ya os aviso. Pero antes, la lista de palabras que me habéis dejado entre la cuarta y quinta edición. Empezamos con “mugre” y seguimos con “crisma, Shakira, arquimediano, primero, estranjis, Marilú, quesadillas, dedal, pterodáctilo, vagabundo, axila y trampantojo

Y ahora sí, demos comienzo a Vomitando Palabras #6.

 

Haciendo un pequeño repaso de lo que os estaba contando, LaPeloponi y yo viajamos a Oklahoma para intentar encontrar un psicólogo para mi amigo pero el muy cegato compró unos billetes para Ohio y al darse cuenta de la equivocación mi compañero se desesperó y lo perdí de vista; sin saber qué hacer me senté en la acera, para intentar encontrar alguna solución cuando de pronto me encontré, entre la mugre, a una compañera de clase a la cual hacía mucho tiempo no veía. Me miraba fijamente, con unos harapos como ropa, rodeada por latas vacías y un perro ladrador del tamaño de un humano.

Se levantó despacio, sin apartar la mirada sobre mí y, de inmediato, se posó frente a mí. Sus ojos me estremecieron, noté un escalofrío que nació en mi crisma y acabó en mis pies. Me hallaba helado.

Shakira nos necesita —dijo con una voz ronca y desgastada. De inmediato puso su mano en mi hombro y todo se volvió turbio, confuso, sombrío. Incoherente.

Lo que a continuación viene quizá no tenga ni pies ni cabeza, ni lo recuerdo a ciencia cierta, pero intentaré contarlo lo mejor que pueda.

Aparecimos en Acapulco, o eso intuí por los carteles que nos rodeaban. Estaba de pie junto a mi compañera de la escuela, solo que ahora lucía una vestimenta totalmente distinta, incluso físicamente se veía mejor que antes.

—Esto es un teletransportador arquimediano —dijo alzando su mano y mostrando un pequeño artilugio en la palma de ésta.

Su voz también era distinta, más enérgica y fluida. Parecía una persona completamente distinta a la que acababa de ver antes y eso hizo que me preguntara si yo también había cambiado. O si las percepciones eran las que habían cambiado, o si antes no era yo quien veía lo que ahora estaba viendo. Tanta confusión me hizo estallar la cabeza y unas intensas nauseas me abrazaron con fuerza.

Primero debemos interceptar el vehículo en el cual se desplaza Shakira y después nos meteremos de estranjis sin que se dé cuenta gracias a estas píldoras transfiguradas —la que conocía como compañera hablaba sin cesar, gesticulando en todo momento. Agobiándome con sus indicaciones sin ninguna explicación lógica. Y las náuseas no cesaban.

Alargó la mano que había posado en mi hombro y dejó una pastilla sobre mi mano. Dudaba si realmente era la chica que antaño compartía pupitre conmigo en las clases.

—Sí, soy yo, ¡Marilú! Y ahora tómate la pastilla. No me hagas metértela en la boca.

«¿Qué?» Estaba perplejo. ¿Había leído mi mente o era mera casualidad? ¿Además de viajar en el espaciotiempo podía leer la mente de los demás? En  ese momento un millar de dudas invadió mi mente. ¿En qué momento mi compañera se había convertido en una superheroína como los de los cómics? ¿Era inmortal como aquel al que tanto le gustan las quesadillas?

Estaba absorto en la infinidad de variedades alternativas que las dudas creaban en mi mente cuando un dedal plateado flotante me tocó la frente con fuerza.

—¡Tómate la pastilla! —gritó el viento. O el dedal, o Marilú sin cuerpo.

El dedal flotaba frente a mí, balanceándose de un lado a otro sin cesar. Me tomé la pastilla. Los huesos me dolían, la cabeza me ardía. Los ojos crispaban entre llamas inexistentes, como la piel que me cubría, que desaparecía de mi cuerpo, como el pterodáctilo abandonó este planeta, espontánea y dolorosamente. Las náuseas aumentaban. Mi cuerpo decrecía. Yo no era yo, era inexistente, vacío como el viento.

—Ponte este dedal en el dedo pulgar y cierra la mano a menos que quiera verte, ¿entendido? —dijo la invisible Marilú, ocultando y mostrando su dedal metálico en pequeños intervalos.

Empecé a vomitar. Por mi invisible boca salía ácido estomacal disparado en varias direcciones. Cubrí mis invisibles zapatos y los bajos de los pantalones de un vómito anaranjado tan asqueroso que me hacía vomitar aún más. Vomitaba sin cesar, agachado en medio de la calle. Era un simple dedal flotando y regurgitando sin control.

—¡Dios mío! —gritó el otro dedal—, ¡Así no me sirves de nada!

Algo me golpeó la espalda y aparecí tirado en un callejón. Ahora ya no era un cuerpo invisible manchado de vómito, era un vagabundo en una esquina con la ropa sucia y maloliente. Me ardía una axila y el dolor de náuseas aún persistía. Era un cuadro barroco del más oscuro estilo, ni siquiera el mejor trampantojo sobre mi cruda estampa sería capaz de eludir semejante horrocidad.

 

Y hasta aquí la sexta entrega de Vomitando Palabras. ¿Queréis saber qué sigue a este sinsentido cúmulo de locos acontecimientos? Pues dejad vuestras palabras en comentarios para que pueda incluirlas en la próxima edición. No seáis tímidos y comentad, que sin palabras no hay nada que yo pueda escribir; además para esta próxima edición, el primero en dejar una palabra en comentarios podrá, también, dejar una frase (no muy larga y coherente, que cumpla las normas templarias), para que la introduzca en la próxima entrega. ¡Hasta la próxima y gracias por leer!

 

Yawakasa