¡Hola locuelos!

Pues martes de vomitera por octava vez… pero quiero, en primer lugar, agradecer la participación vuestra para hacer el blog más activo e interactivo con vosotros. Poco a poco intento renovarlo para que haya una línea de comunicación bilateral entre lectores y editor, en la que vosotros tenéis gran peso aunque no lo parezca a simple vista, y por eso os agradezco vuestra participación con total sinceridad.

Os dejo la lista de palabras y la frase que habéis elegido en la encuesta por twitter. Podéis estar atentos de todo lo que engloba al blog en twitter con el hasthag #VomitandoPalabras. “pecueca, químico, keloka, cotorrillas, pechuga de bicicleta, cacahuete, tritón, MINO, caleidoscopio, Centroamérica, alioli, tarántula y superfluo” son las palabras elegidas por vosotros, y en la encuesta ganó la frase de .Ekttho., pero como han sido pocas palabras, también he introducido la segunda frase más votada y la que dejó una lectora en comentarios. Y ahora sí, empezamos.

 

Si me cogían aquellos gamberros estaba perdido, a saber qué clase de torturas me harían. Intenté escapar pero tropecé y caí de bruces. El perro se abalanzó sobre mí y empezó a morderme la espalda. Quedé inconsciente.

Me despertó un jarro de agua fría en la cara, como un manantial de agua fresca, que me transportó a un recuerdo del pasado, en el que era un crío y me quedaba en la cama esperando el atardecer que podía ver por la ventana de mi habitación. Tenía una extraña manía de morderme las uñas, (no solo la de las manos…). Así, sentado sobre la colcha de la cama, esperaba a que el cielo se tornase anaranjado y cuando el horizonte tomó ese color empecé a mordisquearme las uñas, pero no me percaté de semejante pecueca. Me apestaban los pies. Sinceramente, era un olor hediondo como si fueran deshechos de algún producto químico. Ese hedor se debía a mi aversión al agua. Mi madre, entonces, me cogía y me tiraba a la bañera. De ahí que al recibir ese jarro de agua fría evocase aquel recuerdo de la infancia…

Estaba sentado en una vieja silla de madera; aún con las manos y pies atados. Frente a mí estaban aquellos salvajes que me habían secuestrado. Hablaban de absurdidades. Tenían cierto parecido a LaPeloponi y SuperNiñata, siempre cuchicheando, como en aquella ocasión en la que SuperNiñata se compró un bolso de keloka y se pasó toda la tarde hablando sobre el bolso. Era una auténtica pesadilla. LaPeloponi estaba eufórica y quería comprarse uno igual. Eran unas cotorrillas de categoría. Y esos dos que tenía delante eran iguales.

—¡Pechuga de bicicleta! —dijo uno—, es lo mejor que he comido nunca, deberías probarlo.

El otro escupió al suelo. Ambos llevaban unos calcetines de navidad que les tapaban las caras; con agujeros descubriendo sus ojos y boca. Parecían del Ku Klux Klan navideño.

—No digas tonterías, ¿qué clase de tontería es la pechuga de bicicleta? —dijo el que había escupido.

No entendía nada de lo que decían. Discutían sin parar, alzando los brazos y casi enzarzando sus puños. Yo intentaba deshacerme de las cuerdas pero me era imposible. Parecía un cacahuete en un saco, alimento para un elefante hambriento. Estaba acabado.

Por las rendijas que había en la parte alta de una de las paredes pude ver el césped, un camino de piedra y una verja a lo lejos. Afuera todo parecía tranquilo. Nadie se imaginaría que era presa de dos depredadores, como un insecto en manos de un tritón.

Por el jardín de afuera se asomó un gato negro. Pude ver como se contorsionaba por el camino, como caminaba lentamente, igual que uno de los energúmenos sacaba unas pinzas afiladas de un pequeño maletín.

El gato se meneaba con determinación. Se coló entre los barrotes y saltó a la espalda de uno de ellos. Le arañó y mordió en el cuello. El otro sacó un martillo del maletín e intentó golpear al felino, pero éste saltó en el preciso momento hacia su cara. Estampó el martillo en la espalda de su compañero, que calló al suelo desplomado. El gato rasgaba el calcetín de navidad y maullaba mientras acababa con su presa imitando una risita humana. Cuando terminó con éste se posó en mi regazo. Llevaba un colgante con una insignia dorada. MINO decía ésta.

Mino mordisqueó las cuerdas y me ayudó a desatarme. Conseguí ponerme en pie y el gato saltó sobre mi hombro como si fuera un loro y yo un pirata con pata de palo.

Iba a salir de la sala cuando una mano me agarró el tobillo. Era el que se había llevado el martillazo. Cogí lo primero que encontré a mano, (un caleidoscopio negro y con detalles clásicos) y le aporreé varias veces.

Me encontraba mal, angustiado y atacado por los nervios, igual que LaPeloponi en aquella mañana de Halloween que nos contó en una ocasión…

Fue la cruda mañana en que sucedió todo, durmiendo y sin enterarse. La noche anterior estuvo conmigo tomando cervezas hasta quedar inconsciente en el bar. De madrugada le despertó un hedor que provenía de alguna mesa cercana. Cuando se acercó vio que la fuente del olor era un residuo putrefacto de rata de alcantarilla. No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero ahí estaba. Se desmayó nada más verlo. Luego nos dijo que durante aquella noche había tenido extrañas visiones, algo relacionado con antiguos espíritus de alguna tribu de Centroamérica. Alucinaciones que le condujeron a cocinar aquella rata e intentar comérsela, pero justo despertó cuando se disponía a untar aquella rata en alioli… Una extraña situación que le hizo sentirse muy angustiado, como estaba yo ahora.

En fin, me encontraba en el sótano de aquellos dos energúmenos, dispuesto a salir, cuando apareció una enorme tarántula en la escalera. Era un ser horrible con más de diez patas y un enorme pelaje que salía de éstas. Con infinidad de ojos negros clavados en mí. Mino, saltó como un poseso sobre aquel enorme animal. Supuse que no era un superfluo invitado más en mi vida. Aquel gato tenía una tendencia suicida a ser el protagonista, a ayudarme a afrontar mis problemas. ¿Existía de verdad aquel gato o era producto de mi imaginación? ¿Era real aquella enorme tarántula que iba a combatir contra el gato? ¿En serio iba a presenciar aquella situación?…

Y hasta aquí, la octava edición de Vomitando Palabras. Volveremos el martes que viene con más palabras que me dejéis en los comentarios. Los tres primeros podrán introducir, además, una frase (no tiene porque estar relacionada con la palabra). Espero que hayáis disfrutado leyendo estas alocadas aventuras y que tengáis ganas de más el próximo martes. ¡Un abrazo y gracias por leer!

Yawakasa