
¡Hola locuelos!
Aquí estamos de nuevo, en Vomitando Palabras, por novena vez y tercera de este mes de octubre. Para esta nueva entrega tenemos una lista de palabras muy interesante, que es la siguiente: “carnaval, navidad, doblón de oro, elote, pituco, petricor, parterre, ñoño, wichipirichi, rechoncho, Guadalajara, cascabeles, Anuel2A y peritonitis” y las tres frases que dejaron los tres más rápidos en comentar, que veréis en negrita a lo largo de la historia. Pero bueno, menos historias y que empiece ya Vomitando Palabras.
Hoy os quería contar una anécdota que me sucedió hace tiempo, durante una etapa de mi vida un tanto confusa. En aquella etapa mi vida a veces era como un sueño… recuerdo en ocasiones confundir la realidad con sueños oscuros, con pesadillas. La gente de mi alrededor parecían vivir en un carnaval continuo, todos con apariencia misteriosa, disfrazados y tras máscaras que ocultaban sus verdaderas identidades.
Diría que fue a mediados de diciembre, al comienzo de la navidad. En casa hacía un frío insoportable y era necesario poner carbón a menudo para calentar todas las estancias. Una de aquellas frías tardes tuve que subir al desván a por leña y, buscando entre viejas cosas ya olvidadas, encontré una extraña moneda. La cogí y le quité el polvo con un soplido. Resultó ser un viejo doblón de oro del siglo XVIII. No tenía idea de cómo pudo haber llegado hasta ahí.
Aún contemplaba el acuñado de la moneda cuando oí golpes en la planta de abajo. Corrí, aún con la moneda en la mano, y me encontré con un desorden en la cocina. Todos los cajones vacíos, montones de elote que tenía listo para la cena dispersos. Armarios abiertos, cazuelas, utensilios y comida tirados. Escuché varios golpes en las salas contiguas. Sin pensármelo, cogí un cuchillo y me acerqué, en silencio, para ver quién era el intruso.
Al llegar al salón principal me encontré con un hombre vestido con un traje color morado plantado en medio de la sala, con encerados mocasines y un sombrero de copa alta que intentaba tapar su melena rojiza. Parecía un pituco, sujetando aquel bastón con empuñadura de marfil. En una de las solapas de la americana llevaba una insignia plateada, que golpeó con su mano.
–Soy el inspector Petricor –dijo, y esbozó una enorme sonrisa–, me llaman así porque siempre que aparezco el ambiente de las casas se vuelve húmedo y aparece ese olor tan característico –volvió a sonreír de forma siniestra.
Realmente parecía un inspector. Y tenía una insignia que lo acreditaba en la solapa. La insignia que volvió a golpear con su mano.
–Tiene usted un Doblón de Oro que no le pertenece, ¿cierto?
¿Cómo sabía que tenía aquella moneda? Justo en el preciso instante en el que la toqué, ¿cómo era aquello posible?
–No se haga de rogar y entregue la moneda –dijo extendiendo su mano hacía mí–. No le pertenece.
Dudé al principio, pero en un instante reaccioné. Di media vuelta y corrí hacia fuera. Sí, lo reconozco, es una actitud cobarde, pero yo siempre he sido de evitar conflictos y escabullirme en cuanto las cosas se ponen tensas…
–¡No puede huir! –gritó aquel extraño y acto seguido empezó a perseguirme.
El hombre levantó el bastón y lo desenvainó, mostrando así un pequeño, pero muy afilado, estilete, que blandía mientras me seguía. Yo corría sin saber hacia dónde, sin saber por qué siempre tenía la estúpida manía de meterme en problemas. Seguí corriendo hasta encontrar un pequeño parterre que quedaba en la parte trasera de una lujosa mansión con estilo clásico y sobrecargado, aunque para mí era de estilo ñoño.
Me colé por entre los arbustos y me asomé a una ventana por la que se filtraba una canción un tanto extraña “wichipirichi, wichipirichi… ¡pulento!” decía la letra. En el interior, había un chico bastante rechoncho bailando absorto al ritmo de la música.
No muy lejos pude ver una bicicleta apoyada contra la pared con un cartel colgado. “Hasta Guadalajara la próxima vez”. Supongo que el dueño intentaba marcar sus metas. La cogí “prestada”, pero antes le quité unos cascabeles que colgaban de los manillares. Eran feos y molestamente ruidosos.
El extraño con el estilete en la mano se alejaba con cada pedaleo que daba, perdiéndose en el horizonte, tras de mí. Me alejé montado en aquella ligera bicicleta, con la moneda dorada aún en mi mano hasta que encontré una comisaría. Dejé la bici tirada en la acera y de pronto alguien me cogió del hombro.
–Oye chico, ¡aquí no puedes dejar la bici!
Al darme la vuelta vi que quien me sujetaba era un agente de policía con una gorra calada en su diminuta cabeza, su cara me era bastante familiar, era igual que el cantante Anuel2A.
–¿No ves esta señal? –preguntó el agente–, esta señal indica el lugar de la calzada en el que el estacionamiento está prohibido a los vehículos en general, así que coge tu bici o te tendré que multar, y ni se te ocurra correr, que tengo una peritonitis y…
Dejé de escucharle. Mi mente estaba en otra cosa, en concreto en el extraño que apareció en la esquina de la calle, con el traje morado y el ridículo sombrero bien calado, blandiendo el estilete al aire y con su estúpida sonrisa siniestra, acercándose con largas zancadas hacia mí…
Y hasta aquí la novena entrega de Vomitando Palabras. Espero que os haya gustado y que no se os haya hecho muy pesada. Ya sabéis el funcionamiento. Dejáis palabras en los comentarios y las introduciré en la próxima entrega donde seguiremos con esta indecente cantidad de locuras sin sentido. Gracias por leer y ¡nos vemos en la próxima!
Yawakasa
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