¡Hola gamberros!

Miércoles de nuevo, miércoles de confinamiento, miércoles de estar en casa y leer un buen blog, de ver la tele, de entrar en Habbo y hacer amigos; miércoles de pasarlo en casa con quien vivas, quizá para estrechar las relaciones, para abrazar a tus seres queridos, para divertirse con tus hermanos, para echar una partida a la videoconsola con tu rival preferido, para estar tranquilos y a gusto, o para leer Vomitando Palabras. Y esta semana os traigo una lista de palabras bien curiosa, con algunas improvisadas, porque no me las dejáis como tal, pero como buen gamberro que soy, las cojo. Venga, empezamos ya con la entrada semanal, éstas son las palabras que me habéis dejado en comentarios, gamberros: “monitor, paila, puntualidad, absurdo, feminista, estupendilloso, dopamina, protocolo, coronavirus, arteria, Venezuela, retorcido, anonadado, cibernético, muy divertido, crisálida, sigues rompiéndola y Mino”.

 

El loro me miraba desconsolado, con una mirada de tristeza, de pena, como un rehén al que podemos ver a través del monitor, pensando que eso que está diciendo podría ser lo último que diga. No sabía como actuar, qué podía o no podía hacer, por tal de salvar al loro de aquellas garras verdosas que lo agarraban cuando pude ver una paila hacia Caprile, que abrió las manos antes de llevarse un golpe descomunal. Eso es puntualidad. Un golpe bien recibido en un preciso instante, necesario. Suena absurdo, pero era de alta necesidad que aquel monstruo recibiese ese golpe en ese preciso momento, no después, así el loro aprovechó para saltar sobre mi hombro con un delicado gesto.

Por detrás de Caprile se asomaban sus anteriores comensales, ahora amigos, patriotas de enfermedad, y como si de una tropa feminista en plena manifestación se tratara, avanzaron hacia nosotros con un movimiento que, si estuviera en otra situación, calificaría de estupendilloso. La dopamina me enchufó la sangre y salí corriendo hacia la tienda y al entrar en ésta, cerré la puerta con el pestillo de seguridad, puse dos travesaños bajo las órdenes del vendedor, que no dejaba de gritar, y  las clavé con un martillo y clavos que había en el suelo. Seguía sus instrucciones, como un protocolo de seguridad de alta emergencia. Después de cerrar a cal y canto el establecimiento, pasé por el mostrador y nos enfilamos hacia una escaleras que conducían a un subterráneo.

—¡Vamos, ¡abajo! —gritó el vendedor—, este búnker lo construí cuando salió el brote del coronavirus, no creo que esos monstruos sepan abrir estas puertas.

Antes de bajar, observé a la inmensa multitud que se agolpaba contra las ventanas y paredes de la tienda entre los huecos de los tablones, como esos seres de color verde gritaban y mordisqueaban todo, sin pensar en nada, sólo en morder.

Noté las pulsaciones aceleradas, la sangre en cada arteria, los latidos acelerados, el sudor frío cayendo por la frente y comprendí la locura que estábamos a punto de vivir, el caos, la destrucción, pude entonces comprender la histeria que se acontecía a diario en Venezuela.

Bajamos al búnker que había diseñado aquel retorcido vendedor del cual no sabía absolutamente nada, pero del cual tenía que fiarme dada la situación. Me senté en un sofá cubierto con una manta y el loro se puso a dar vueltas por la habitación. Me quedé anonadado al ver la sala. Era un cuarto apenas iluminado, con un ordenador bajo un fluorescente parpadeante, una mesa metálica con cuatro sillas alrededor y varias estanterías en las paredes, llenas de latas. El sitio idílico para un ataque de cualquier magnitud, incluso cibernético.

—¿Cuál es el plan? —pregunté al vendedor, que se sentó frente al ordenador.

—Esperar e informarse de la situación.

—¡Muy divertido! —gritó el loro mientras aporreaba un cacahuete que encontró en el suelo, con su pico.

—No podemos hacer más —dijo el vendedor.

—Me estoy cagando —soltó el loro—, veo que tienes de todo, pero ¿tienes papel higiénico?

—No quedaba en el Mercadona —dijo con cierta angustia—, esta gente está loca, sólo piensan en limpiarse el culo, no en llenarse de comida, ¡¿pero qué vas a cagar si no hay nada que comer!?

Al parecer el tema del papel higiénico le tocó profundamente y, como una crisálida que de pronto se abre, explotó, se puso en pie y, a grito pelado, comenzó a golpear las paredes.

—¡¿Pero qué hacéis con tanto papel?! ¡¿Por qué no os limpiáis con agua?! ¡O con toallitas húmedas! ¡Que el coronavirus no produce diarrea malditos locos, sólo fiebre y tos! ¡Nada que salga por el culo!

Mientras desvariaba, golpeaba las paredes con sus puños descubiertos. Se notaba la frustración, la rabia, la amargura que llevaba almacenada dentro de sí al descubrir la infinita estupidez del ser humano.

—¡Para! —gritó el loro al ver que el vendedor había perdido la cabeza por completo por un simple comentario —si sigues rompiéndola no sé qué pasará…

Mino, el loro. No sabía en qué situación se había metido al gritar a aquel desconocido -a fin de cuentas no sabíamos nada de él- y no se imaginaba que ese desconocido era capaz de sacar una motosierra de uno de los estantes…

 

Y hasta aquí la entrega semanal de Vomitando Palabras. Espero que os haya gustado y que estéis disfrutando con el blog tanto como yo, muchas gracias a todos por colaborar con vuestras palabras. Recordad dejar en comentarios las palabras que queréis que formen parte de la próxima entrega, podéis dejar esta semana también un nombre, que será el del vendedor y el que suene más loco será el elegido. Un fuerte abrazo a todos y mucha fuerza para llevar lo mejor posible esta situación tan extraña que nos toca vivir, seamos fuertes y consecuentes. Demostremos que no somos unos cazurros y que podemos hacer caso a las autoridades. Nos vemos el miércoles que viene, con más y mejor.

Un abrazote, Yawakasa