¡Hola gamberros!

De nuevo estamos en este blog tras el parón debido al CuenHTo de Pascua, que espero os haya encantado y hayáis disfrutado de él. De nuevo miércoles y estamos listos para continuar con esta locura de blog gracias a vuestras palabras que me dejáis en comentarios. Y ésta es la lista de palabras que me habéis dejado en la anterior edición: “que bien, rapero de lo literario, épico, Mino, brutal, Vasplastic, esto es interesante, procrastinar, masticar, estornudar, inefable, es uno de mis colores preferidos, Ok, boomer, muy llamativo, la verdad está bastante genial, genial, mocos, viridián, bonhomía, sapenco, realeza, xilófono y mate”. En esta ocasión, para que no se hiciera demasiado largo y pesado, he dejado las últimas cuatro palabras para la siguiente edición, espero que no os moleste… además, esta semana podíais elegir el nombre de aquellas misteriosas islas del mapa y para qué servía el Paquindómetro que estaba en el interior de la taquilla. Y sin más dilación, que empiece la diversión!

 

Qué bien, pensé al verme en susodicha situación, que, a primera vista, era sin duda mi final. El final de este rapero de lo literario que no llegará a mucho más. Yo, pensé al verme sin escapatoria, creía que mi final iba a ser épico, un final digno de ser contado en historias que traspasaran culturas y décadas, pero Mino me había vendido y dejado solo en la estacada y sin ninguna alternativa, aparentemente.

Aún tenía en mis manos el Paquindómetro ese que había dentro de la taquilla y, sin darle muchas vueltas en el interior de mi cabeza, apreté el gatillo que tenía, apuntando a Caprile directo al pecho, creyendo que saldría un rayo infernal que impactase de forma brutal contra aquel monstruo verdoso -que en principio me quiso ayudar- pero no fue así. El rayo no era infernal, sino todo lo contrario. Salió un Vasplastic de tamaño medio de la nada y a continuación un cegador hilo azul, que comenzó siendo casi imperceptible y acabó en un manantial de agua realmente fría. De hecho no era agua lo que salía de aquel misterioso aparato, sino un gran chorro de hielo que dejó petrificado no sólo a Caprile, sino a todos los demás mutantes que le acompañaban. ¿Se trataría de un Beer chiller stick defectuoso? Muy seguramente…

Esto es interesante, pensé al ver a todas aquellas figuras congeladas que caían lentamente contra el suelo, haciéndose añicos. Aquel vendedor con su extraño aparato quiso procrastinar mi muerte. No había llegado mi momento para masticar el polvo (en verdad se dice morder, pero me venía a huevo esa palabra… ¿o no?).

Aporreé con fuerza la taquilla y salió aquel loro cobarde que me había traicionado, con una pequeña mueca de culpabilidad en su rostro. En la boca llevaba un libreto pequeño que me dejó en la mano al posarse sobre mi hombro con un ligero salto delicado y precioso, como ya había hecho en alguna otra ocasión.

—Es un manual de lo que llevas en la mano —dijo como si todo estuviera en orden, y empezó a estornudar.

Eché un vistazo a aquel manual que habíamos dejado por alto antes y descubrí que realmente aquella arma que aún sostenía en la mano era un enfriador de cerveza; mal calibrado al parecer, pero no era más que un beer chiller stick que el vendedor había diseñado. Al fin y al cabo, no se trataba de algo inefable. Era sencillo de describir al tener en la mano sus instrucciones.

—¿Y ahora? —dije mirando al loro, posado sobre mi hombro.

—Habrá que andarse con cuidado con esto —contestó Mino, mirando al enfriador de cerveza—, no parece estar muy bien diseñado. Aunque, mira que preciosidad —dijo señalando los trozos de cristal que quedaba de aquel séquito de mutantes congelados y hecho añicos.

—Precioso —dije.

—Ese azul turquesa que deja es uno de mis colores preferidos —soltó Mino, como si de diamantes se tratase, en vez de trozos de personas humanas (en su día lo fueron…).

Asentí sin más, pensando que no era momento de ponerse dramático por un puñado de mutantes congelados convertidos en preciosos cristales de hielo.

Ok, boomer. ¿Nos vamos? —soltó Mino.

—¿Boomer?

—Sí, boomer. Con esa arma pareces un boomerman.

—Bomberman, querrás decir —corregí mientras subía los peldaños de la escalera que nos conducirían a la tienda.

Con aquella pistola congeladora de cerveza que sería capaz de desintegrar cualquier cosa me veía con la seguridad suficiente como para salir al exterior y exterminar a todo el que se me pusiera en el camino. No se trataba de ser alguien muy llamativo y acabar con la existencia de cualquiera que me molestase, pero sí que era la defensa personal que cualquiera hubiera soñado tener cuando llegase el fin del mundo.

La verdad está bastante genial —dijo Mino, ya en el exterior mirando el Paquindómetro fijamente.

—Es genial —respondí escudriñando las calles vacías que teníamos frente a nosotros.

—Coge un coche. Vamos al aeropuerto —dijo sin más el loro.

—¿Tienes una idea?

—Secuestraremos un avión y viajaremos a Garípeda.

—¿Garípeda? —pregunté mientras buscaba un coche que pudiéramos coger prestado.

—La isla del mapa. Mientras estaba escondido en la taquilla he recordado el nombre.

—¡El mapa! —me acordé que nos lo habíamos dejado en el sótano.

—Ya voy yo, que iré más rápido. Tú encárgate de tener coche cuando vuelva —dijo Mino, volando hacia la tienda de nuevo.

Encontré un Seat Panda aparcado a pocos metros de la tienda, con la puerta del conductor abierta. Con suerte estarían las llaves en el contacto y podríamos salir de ahí sin más problemas, que ya habíamos tenido suficientes. Me asomé por la ventana y, en efecto, encontré las llaves en el contacto. Me subí y dejé el Paquindómetro en el asiento del copiloto. Arranqué el coche y fui hacia la puerta de la tienda a esperar a Mino en aquel bólido de alta gama y última generación…

Mino regresó con el mapa en el pico y recubierto de una masa enorme de mocos color viridián y con una expresión de absoluta bonhomía en su rostro.

—La he liado un poco —dijo con tristeza y tono de arrepentimiento.

Instintivamente, cogí el arma del asiento y la empuñé con absoluta firmeza dirigiendo el cañón a su cara y dispuesto a disparar.

—No te acerques —dije de forma amenazante, apuntando a Mino con el Paquindómetro.

 

Y hasta aquí la entrega semanal de Vomitando Palabras. Ya sabéis qué tenéis que hacer ahora. Dejad muchas palabras aquí abajo en comentarios para que yo forme la historia. ¿Qué pasará con Mino? ¿Lo mataré…? ¿O se convertirá en un bicho asqueroso por culpa del virus? ¿Llegaré a la misteriosa isla del mapa? ¿Qué nos espera en las próximas aventuras del blog? Pues, ni yo lo sé, porque todo se improvisa en función de las palabras que me dejéis, así que corred y dejad muchas palabras para que la historia continúe como vosotros queráis. Gracias por leer y comentar y ¡nos vemos la próxima semana!

 

Un abrazote, Yawakasa