
¡Hola gamberros!
De nuevo aquí, dispuesto a entretener al gentío y hacer que esta situación tan inusual a la que nos enfrentamos. Espero que en vuestras casas lo estéis llevando lo mejor posible y que podáis aguantar un poquito más, que seguro ya queda poco… Sin más que decir os dejo la lista de palabras que forman parte de esta entrega, recordad que las tres primeras son las “olvidadas” de la pasada entrega. “sapenco, realeza, xilófono, Mate, disnea, wired, usurpadora, Alcohol gel, Soy Mino el invencible, manicomio, química, Zicrepulmisiclo, diarrea, ignominiosa, pangolín, Segismundo y Mino no seas malo” Y sin más dilación, que empiece esta locura!
Era el fin de Mino. Y él lo sabía. Frente a mí, recubierto por una gran masa de mocos verdosa, temblando y con el moquillo colgando. ¿Iba a romper a llorar? Hasta el momento no se me había ocurrido pensar en cómo afrontaría un loro parlante su muerte; si sería valiente y afrontaría la situación con entereza o si se vendría abajo, rompiendo a llorar y con el culo manchado. A nadie se le ocurre pensar en estas cosas.
—Dispara —dijo, con la voz entrecortada—, no quiero convertirme en un monstruo.
Estaba dispuesto a apretar el gatillo y en convertir a ese loro en un resplandeciente collar de piedras preciosas. Quizá lo podría vender en eBay por una buena suma. Acaricié el gatillo con el dedo índice, sin decir nada, conteniendo la respiración y entrecerrando los ojos. No es más que un loro, pensé. Y presioné.
Pero antes de que el rayo le alcanzara, el loro empezó a convulsionar de forma extraña y, sumergido en la bola de mocos verde, perdió su forma de ave. Bajé el arma, desconcertado, y vi a Mino saliendo de aquella masa de mocos convertido en un enorme sapenco baboso de color verdoso con una hermosa concha dorada, digna de la más exquisita realeza.
Como un xilófono desafinado, comenzó a soltar notas por la boca para acabar gritando amargamente: “¡A mí no hay quien me mate! (mejor usar la palabra así que no como la bebida característica. Hubiera sufrido una disnea para intentar colocar Mate como bebida, así queda todo más “wired”, con sentido, ¿no?).
¿Acaso aquella masa de mocos era una usurpadora de identidades? ¿Convertía a los loros en caracoles? O simplemente había sido casualidad que aquel hermoso animal con plumas ahora fuera un horrible caracol que manchaba todo a su paso con babas asquerosas que ni el mejor Alcohol gel sería capaz de eliminar.
—¡Soy Mino el invencible! —gritó Mino enloquecido cual recién ingresado en un manicomio, al descubrir que no el virus no acabó con él.
Ahora que parecía haber cierta química entre el loro y yo, había perdido a mi mascota para encontrarme frente a un ser desagradable, aunque en esencia seguía siendo Mino, ¿o no? La cuestión es que, al parecer, el virus no afectaba a los animales convirtiéndoles en zombies, sino en otros animales más repugnantes… y lentos.
—¿Puedo…? —preguntó Mino con una voz ronca, ya más tranquilo.
Yo estaba perplejo, pero, al menos parecía que la amenaza ya era inexistente, con lo cual le abrí la puerta del coche y, con un gesto de cabeza, le insté a entrar.
Cogimos la autopista y, pisando el acerado al máximo, tardamos poco en encontrar las señales del aeropuerto. Hubiera preferido entrar en un avión con un diminuto loro sobre mi hombro, pero lo haría acompañado por un enorme caracol casi tan alto como yo. Un caracol que no se quedaba quieto ni un segundo. Subía y bajaba la ventanilla, abría y cerraba la guantera del coche con los dientes hasta que salió disparada una cajetilla blanca con un nombre bien curiosos. “Zicrepulmisiclo” y debajo, según dijo el caracol: “detiene la diarrea” de forma inmediata. Aquellas pastillas te rescataban de la ignominiosa cagada que podías sufrir repentinamente y el caracol, en un ataque de locura absoluta, comenzó a masticar y devorar cada una de las pastillas fabricadas, al parecer, con cola de pangolín.
Mientras el loro convertido en caracol devoraba las pastillas, empezaron a volar las cosas de la guantera, entre las cuales, una caja de balas, un revolver muy viejo y desgastado, unos calzoncillos muy manchados (al parecer las pastillas tardaron en hacer efecto…) y un carné de acceso a unas instalaciones, con una foto de un hombre bastante curioso que, según el indicativo de la tarjeta, se llamaba Segismundo.
—Menudo careto —soltó Mino, con la boca llena de trozos de pastilla.
—Mino no seas malo —respondí ojeando el carné y desviando los ojos de la carretera…
¡Y hasta aquí la edición semanal de Vomitando Palabras! Ahora os toca a vosotros dejarme muchas palabras en comentarios para ver cómo continúa la historia. Espero que os haya encantado la entrega y que tengáis ganas de más. Espero que dejéis muchas palabras en comentarios y vernos el miércoles que viene con más locura. Muchas gracias por leer y ¡nos vemos pronto.
Un abrazote, Yawakasa
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