
¡Hola gamberros!
Ya estamos de nuevo aquí con una nueva entrega de Vomitando Palabras. Ante todo, daros las gracias por participar de la forma en la que lo habéis hecho la semana pasada. Recordad que sin vuestras palabras el blog no seguiría adelante, así que os agradezco de verdad que dejéis tantas palabras. Aquí os dejo la lista de las palabras con las que he tenido que crear algo esta semana: “anatidaefobia, Supercalifragilisticoexpialidoso, parangaricutirimicuaro, sirvienta, albercas adormecidas, Mino, petulante, Oscars, bienvenido seas, perinatologo, cascanueces, Japón, gurú, voluminoso, zombie” Y ya, sin más dilación, ¡os dejo la nueva entrega de Vomitando Palabras!
Me subí al coche de Caprile. Abrí la puerta con cautela y me senté en el lujoso Mercedes plateado. Se bloquearon las puertas y dio un acelerón que hizo que mi cuerpo se pegara al asiento con fuerza.
—Tal y como están las cosas, uno debe andar con cuidado —dijo sin apartar las dos manos del volante —, están las cosas feas con esto del Corona, amigo. Uno no debería quedarse parado en la calle a esperar que le atrape un encoronado. Y yo que padezco de anatidaefobia me espero cualquier cosa. Hasta de coger Coronavirus antes de decir “Supercalifragilisticoexpialidoso” —y dicho esto tosió.
Era una tos un tanto ronca, de esas que parecen forzadas por los abuelos que se pasan el día fumando puros. Me tapé instintivamente la boca.
—¿Qué es el coronavirus? —pregunté, aún con la boca tapada.
—Pero… ¿de dónde carajos has salido? ¿es que no has visto las noticias? Dos de cada tres ya están infectados, y están muriendo a montones, hasta por la calle están cayendo sin más. Una enfermedad muy chunga… empezó en China, o eso dijeron, pero en Parangaricutirimicuaro se disparó un foco mucho peor por culpa de la sirvienta de un jeque o no sé, que le dio de comer murciélago semi-crudo y meses después aquí andamos, combatiendo contra el Apocalipsis febril hasta casi en las Albercas Adormecidas.
Sorteó algunos coches a gran velocidad y nos metimos en un túnel. Me miraba de reojo, mientras conducía a gran velocidad, al parecer tenía mucha prisa por llegar a la sesión de depilación.
—Perdona, pero ¿no tenías agua? —pregunté después de un largo silencio.
—Sí, atrás hay una botella.
Me peleé con el cinturón y busqué a tientas la botella de agua, cuando me topé con algo peludo y caliente justo cuando Caprile dio un volantazo. La masa peluda voló por entre los asientos de detrás y empezó a gritar como loco.
—¡Mino despierto! ¡Mino despierto!
—¡¿Pero qué demonios…?!
—¡Ala, ya has despertado al loro!— soltó Caprile sin apartar la mirada de la carretera
El pajarraco se asomó entre el hueco de los asientos y se abalanzó hacia mí gritando como un poseso.
—¿¡Quién despertó a Mino?! —gritó el loro mirándome con cierto aire petulante—, dije que no me despertaran hasta que salieran los Oscars ¡maldita sea! ¡¿Quién es éste?!— gritó.
—Trata bien al invitado —dijo Caprile aminorando la marcha.
—Bienvenido seas, al infierno. ¡Bastardo! —gritó, y empezó a picotearme las orejas con su pico retorcido.
—¡Maldito GPS del diablo! —soltó entonces Caprile, golpeando el volante —otra vez me ha traído al perinatólogo en vez de al dermatólogo… ¡¿por qué la tecnología me odia?!
Mientras el loro me intentaba picotear la cara, Caprile salió del coche y, de rodillas, empezó a gritar y sollozar en la acera. El loro me daba con el pico en cualquier parte que conseguía alcanzar, pequeños pero dolorosos golpes como un cascanueces intentando penetrar dentro de la nuez…
—¡No llegaré en condiciones a la pasarela de mañana! ¡Ni al evento de Japón de dentro de dos días! ¡Y todo por tu culpa! Tú me has distraído —esto último lo dijo mirándome fijamente.
Se puso en pie y, como un gurú que acaba de alcanzar la iluminación, se acercó hacia la puerta de mi lado, la abrió de golpe y se lanzó hacia mí con sus manos, entre gritos de “te mataré”. Todo esto mientras el loro que se llamaba como alguien a quien no lograba recordar del todo, me picoteaba todo cuanto alcanzaba. Y entre semejante escena de locura digna de película de Tarantino, apareció de la nada un enorme ser, voluminoso, de enormes caderas, de enorme barriga y brazos fofos que se acercaba por la carretera, con un semblante moribundo y un color verdoso, vomitando un líquido oscuro por la boca desencajada. Sin duda, era un enorme zombie o algo por el estilo y entonces recordé que el coronavirus estaba presente en nuestras vidas, tal y como me dijo Caprile, el mismo que ahora intentaba asfixiarme, ajeno a lo que se nos venía… porque detrás de ese enfermo apareció otro tipo con la misma cara color brócoli pasado… y otro… y otro más…
¡Y hasta aquí la entrega semanal de Vomitando Palabras! Espero que os haya gustado y que queráis más, si es así ya sabéis. Dejad palabritas locas en comentarios y la próxima semana habrá más locura de ésta. Muchas gracias por leer y sobretodo por formar parte de Vomitando Palabras. Nos vemos el próximo miércoles, espero que me dejéis muchas palabras locas para la próxima entrega.
Un abrazote, Yawakasa
Obtenir des émeraudes 






Les commentaires sont fermés.